La mitología fabricó un continente, el nuestro, Europa. En el relato clásico, a ese nombre respondía una princesa fenicia de la que Zeus, el dios magno del Olimpo, se enamoró y raptó bajo el engaño de un disfraz de toro blanco. Posándola sobre su grupa, se la llevó volando a Creta.
Curioso cómo un mito cobra una actualidad presente en relatos mucho más pragmáticos. La Europa geográfica que hoy nos trae de cabeza ha padecido otro secuestro hace unas décadas, pero en la escala temporal de las mitologías, ese lapso de tiempo se traduce a un mero instante que bien puede anclarse en un presente.
La historia adaptada a nuestro tiempo ha calcado una versión modernizada del nuevo rapto de Europa. Este territorio era una hermosa princesa embellecida por una prosperidad económica, que conjugó en equilibrio con un potente sentido de lo social, traducido en lo que se llamó, y aún se llama, estado del bienestar. Una perita en dulce para los renovados dioses olímpicos que merodeaban por otros continentes.
De uno de ellos quedó atrapada en la defensa de su territorio, o sea, su virtud. En una de sus fronteras oteaba con voluntad depredadora un pretendiente poco dado a las conquistas románticas, y más avezado en las agresivas. El benefactor ofreció músculo armamentístico, no en gratuidad y amor, sino en cesiones territoriales a su expansionismo de militar y gendarme de su área de influencia. Europa, creyéndose protegida por esta especie de príncipe azul, olvidó una máxima desgraciada, pero efectiva: si se pretendía un liderazgo y presencia en el olimpo de las naciones, la fuerza bruta de las armas para la autodefensa era obligación ineludible. No asumió esa lección, y ahora pecha con las consecuencias de las prisas y ahogos para rearmarse y resistir los embates del conquistador vecino, mientras el otrora protector se ha cansado del idilio y orienta la libido a otros harenes, dejando a su antigua dama, un poco ajada, a su suerte.
El viejo continente abdicó de su liderazgo cultural y moral, y sucumbió a los cantos de sirena de un edén inagotable de feroz consumo de su producción
Pero Europa tenía otros ojos encima de su atractivo humanístico y económico. El pretendiente ejerció la astucia de la conquista amorosa con los halagos. Ya tenía el enemigo dentro, cuando en un giro de mercaderías charlatanas, el viejo continente abdicó de su liderazgo cultural y moral, y sucumbió a los cantos de sirena de un edén inagotable de feroz consumo de su producción. En ese objetivo se malvendieron los derechos de primogenitura de una industria potente en sectores fundamentales, que se trasladó a los dominios del dios naciente, dejando a nuestra princesa en una feliz temporalidad de servicios desregulados, mientras sus grandes atributos recalaban en la nueva Creta.
Por lo menos, tuvo la habilidad de guardarse un as en la manga: el sector automovilístico. Por buscar una metáfora, la joya de la abuela cuyo valor es más sentimental que material. Pero ya eran tiempos de felicidad efímera y el consumo volvió a ser el imán de una codicia desbocada. Solo así se puede entender encaramarse a la grupa de este recreado Zeus disfrazado de toro blanco con la única joya de la corona que quedaba en el cofre. Allá se fue el talismán, con el añadido de incluir en el trueque del negocio el alma y la conciencia de nuestro último mohicano: las técnicas del conocimiento. Un regalo de los dioses para un neófito que jamás tuvo en su cultura el concepto de propiedad intelectual.
¿Cómo termina esta mitología contemporánea, legible sin libros, con el solo concurso de la mirada? A la vista están nuestras calles pobladas, y con la voluntad de estar solo al principio, con el producto procedente de esa Creta agigantada por cuentas de la lechera que se han ajustado a la moraleja de la fábula y al producto de sus cábalas por los suelos. También golpea la crónica estadística de mercado reflejada en un tsunami de ventas de un producto apenas desembarcado en las playas propias y aledañas hace dos años.
Europa, y no digamos su liderazgo alemán, se reconcomen por la cadena de errores de cálculo que han llevado el sello de la nueva economía de las prisas, como si meditar y conceder una pausa al pensamiento fuese una especie de pérdida implícita en los negocios. Aquella Arcadia sugerida, además, ha sido un fiasco. Los de allí consumen su producto, como aquí, que compramos también el suyo.

