Cuando Bob Dylan escribió «Los tiempos están cambiando» (The Times They Are a-Changin) en 1964 retrataba el estado de ánimo de una generación que protestaba contra la guerra de Vietnam, la discriminación racial que se enseñoreaba en su país, las condiciones de vida de la clase trabajadora y, sobre todo, un ardiente deseo de cambio en el mundo que le rodeaba. Aquellos casi tres minutos de balada fueron benéficamente premonitorios porque Estados Unidos en particular y el mundo en general se adentró en una época prolífica en economía y bienestar, deslumbrante en adelantos científicos y tecnología, y combativa en materia de derechos y desigualdades sociales. Fue en los sesenta cuando el hombre pisó la luna, se construyó el primer láser, aparecieron los robots industriales, se diseñó la primera calculadora electrónica, se conoció la cinta de casete, se inventó la píldora anticonceptiva, se activaron los movimientos por los derechos civiles y se emprendió la revolución feminista.
Pasaron sesenta años y quizás se vive el momento en que necesitemos a alguien que levante la voz y denuncie a voz en grito que «los tiempos están cambiando para peor».
Un paseo por el mundo que nos rodea delata que la prosperidad cimentada en tiempos de paz y la libertad social e individual construida sobre el diálogo y la tolerancia corren el riesgo de desaparecer
Después de la Segunda Guerra Mundial nunca desaparecieron los conflictos bélicos, aunque confinados en fronteras precisas. Pero un paseo por el mundo que nos rodea delata que la prosperidad cimentada en tiempos de paz y la libertad social e individual construida sobre el diálogo y la tolerancia corren el riesgo de desaparecer. La tensión política preside las relaciones entre países, el poderío militar es el as en la manga de las negociaciones entre naciones y el egoísmo autárquico domina el pensamiento de sus líderes. ¿Hay sobre la mesa una propuesta para hacer un mundo mejor? Decididamente, no. Muy al contrario. Se intenta lograr por la fuerza lo que no se puede adquirir con convicción. Se utilizan métodos mafiosos para mejorar el bolsillo de unos pocos. Se dilapidan los progresos humanitarios. Se vuelve a señalar el color de la piel como pasaporte para el bienestar. Se intentan menospreciar los avances feministas en igualdad. Y se pretende controlar la libertad de información para acabar con la libertad de pensamiento y de expresión.
Los principios sobre los que se cimentó el progreso de estos años se disuelven. El sacrosanto mandamiento de la competencia cede ante la impostura de los oligopolios, léase energéticos, financieros o tecnológicos. Y el derecho al libre establecimiento flaquea ante el ímpetu intervencionista. La autocracia se abre paso a codazos. No hacen falta nombres. El ambiente reaccionario que sobrevuela numerosas sociedades las aleja del progreso y las empobrece. Tardaremos en ser conscientes de ello, pero acabaremos por sufrirlo en nuestras carnes económicas y sociales. Los malos tiempos están regresando.















































