miércoles, 8 de abril de 2026 - 6:32:02
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Esta guerra va a dar mucha guerra

Una élite se va a hacer muy rica, más de lo que era, a costa de las especulaciones con las materias primas energéticas.

La guerra de Israel (con el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, de tonto útil) contra Irán va a dar mucha guerra. Parte de un principio: cuando el petróleo empezaba a tener un papel secundario en el reparto energético ante el empuje de las alternativas, de repente el oro negro resucita como elemento estratégico de primer orden. Conclusión: el mundo no puede prescindir de él. Su relevo en el protagonismo de este orden sistémico va para largo. Ha bastado saber que podría escasear para que el orden mundial económico y financiero se ponga patas arriba. Es como darse cuenta del valor de las rutinas cuando desaparecen o se tambalean.

Las guerras modernas, las de ahora mismo, solo ponen en su punto de mira las consecuencias económicas del cataclismo. El orden humano se difumina en un melifluo vapor. Basta con seguir la información para colegir que todo el interés está centrado en una víctima: la alternativa inflación/estanflación si se prolonga el conflicto. Es decir, cuentas de resultados y bolsillos, las guaridas del dinero. Las bolsas y mercados de valores marcan el paso, mientras la vida de los seres humanos, alguien atinó en su día en llamarlo daños colaterales.

La guerra queremos que se termine pronto porque agita los mercados antes que la compasión con los afectados

La guerra queremos que se termine pronto porque agita los mercados antes que la compasión con los afectados. Hay que atajar prioritariamente la tragedia económica y no la humana. ¿Dónde ha quedado nuestra escala de valores? Parece no importar que en el primer ataque aéreo, una incursión de la fuerza aérea estadounidense diese en el blanco de una escuela infantil, llevándose por delante al vida de 180 niños. Como parece baladí que en el antecedente de Gaza, se masacrase con bombas desde el cielo a 20.000 chavales, mientras los guardianes del nuevo orden proyectaban levantar desde esos escombros un gran complejo turístico en la zona. No, de ninguna manera, la hecatombe de la guerra es que se pare el flujo del petróleo para no debilitar los estándares de vida de Occidente, una civilización a tumba abierta hacia la cloaca. En tanto, el relevo, los bárbaros, esperando su momento, que para eso tienen la paciencia como su mejor arma de conquista. Sirva de pista este aforismo chino: cien victorias en cien batallas no es lo más excelente, sino vencer al enemigo sin luchar. Lo aplican al pie de la letra.

La globalización de escenarios en las guerras contemporáneas han multiplicado los arsenales. No es la potencia de fuego el elemento determinante. En lo ofensivo y en lo defensivo ya no deciden las bombas, sino un tablero muy complejo de geopolíticas e influencias. Estados Unidos, la primera potencia planetaria económica y militarmente, ha planteado sus guerras posteriores a la ultima convencional, la segunda mundial, con los mismos criterios que aquella, su insuperable armamento, pero salió con el rabo entre las piernas de Vietnam, de Afganistán y de Irak. No se han apeado del mito del séptimo de caballería.

En esta guerra no se han tenido en cuenta las potencias ocultas de Irán que, hablando claro, está regida por un régimen execrable, digno del más acelerado de los derrocamientos, pero no bajo estas premisas. Israel y Estados Unidos son países gobernados por el remedo del Dios vengativo del Viejo Testamento, el primero; y por un feudalismo económico que ha mutado la antigua aristocracia del linaje, a la de la posesión exclusiva del dinero, los millonarios, la segunda. La antigua Persia es hoy un estado teocrático movido por un fanatismo religioso cuyo sistema circulatorio es la venganza sin reparar en gastos destructivos. No es complicado deducir todo lo que puede salir de un enfrentamiento entre sensibilidades tan tenebrosas.

Las rentabilidades se cobran su peaje en la guerra. Es otra constante de las conflagraciones. Una élite se va a hacer muy rica, más de lo que era, a costa de las especulaciones con las materias primas energéticas. Vamos a tener un excelente termómetro con los precios de los carburantes. Por supuesto, como siempre, grafismo de cohete en las subidas, y de pluma en las bajadas.

Esta guerra terminará un día, ojalá cercano, pero su enquistamiento irá más allá del armisticio. Y el automóvil ¿qué pinta? Pongámonos en lo peor, en una distopía. No estaría de más reeditar la visión de la saga Mad Max, ochentera, y próxima en conjeturas a la de la anterior crisis petrolera.

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