La industria de la automoción europea se encuentra en un momento decisivo. Con la meta de 2035 en el horizonte —la prohibición de vender vehículos ligeros con emisiones aprobada en 2023—, el debate vuelve a ponerse sobre la mesa. Clepa y ACEA han advertido de que el objetivo fijado es inviable sin un «cambio de rumbo», alegando que el calendario no es realista. Sin embargo, lo que realmente tiene que estar en cuestión no es esta limitación, sino los factores habilitantes que permitirán cumplir con ella.
Por supuesto, debemos seguir comprometidos con la electrificación, en primer lugar por la seguridad jurídica para los fabricantes y la tranquilidad de los consumidores: modificar la trayectoria ahora generaría incertidumbre, cuando lo que se necesita es estabilidad. Las marcas ya definieron tiempo atrás sus inversiones y estrategias industriales con ese horizonte en mente, y cambiarlo a mitad de partida sería tan inoportuno como contraproducente para todos.
La electrificación podría vivir un impulso decisivo en los próximos años. Las enseñas preparan una ofensiva con modelos más asequibles —en el rango de 20.000 a 25.000 euros— que podrían abrir el mercado masivo. Pero para que ese salto ocurra, el consumidor necesita confianza, cargadores e incentivos claros
Lo urgente es otra cosa: acelerar los apoyos. El programa Moves en España es un buen ejemplo de lo que debe revisarse; hay que lograr ayudas suficientes, ágiles y eficientes que realmente incentiven la compra de vehículos eléctricos. A la par, Europa debe impulsar la red de infraestructuras de recarga, multiplicar las gigafactorías y garantizar que toda la cadena de valor se refuerce. No hay margen para la parsimonia: la lentitud habitual de Bruselas amenaza con lastrar un proceso que requiere rapidez y eficacia.
Y es que la electrificación podría vivir un impulso decisivo en los próximos años. Las enseñas preparan una ofensiva con modelos más asequibles —en el rango de 20.000 a 25.000 euros— que podrían abrir el mercado masivo. Pero para que ese salto ocurra, el consumidor necesita confianza, cargadores e incentivos claros. Revisar el objetivo ahora no solo confundiría, también podría desincentivar la demanda.
Asimismo, llegado 2026, tras la revisión, se pueden explorar diferentes alternativas. La neutralidad tecnológica pasa por dar espacio también a los e-fuels y a soluciones que complementen el coche eléctrico. Pero hoy, el foco debe estar en aplicar medidas inmediatas, pragmáticas y ambiciosas que respalden la transición.
Europa no puede permitirse titubeos; eso sí, la hoja de ruta debe construirse de la mano de un sector que conoce el terreno y las recetas para avanzar. En definitiva, la UE necesita pragmatismo y visión estratégica. El cambio de rumbo que se reclama no debe consistir en tocar la meta, sino en reforzar con decisión los medios para alcanzarla. Solo así la transición energética será creíble, justa y sostenible.

