lunes, 20 de abril de 2026 - 2:00:17
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Precios de los coches: desde…

Comprar hoy un automóvil es una decisión seria, que no tolera frivolidades. Ni del vendedor ni del adquiriente. Se trata de un artículo de larga duración con vinculaciones entre ambos.

Es costumbre comercial enraizada. La comprensión de los precios de los automóviles es un laberinto para comprar. Obedece a la costumbre percibida de precio inflado de partida, con márgenes para los descuentos, como graciosa y altruista concesión del vendedor. El regateo es un imán para los clientes, que cierran la operación convencidos de una habilidad negociadora. En la realidad, ha sido dirigida por el control remoto y silencioso de técnicas de venta sofisticadas y afinadas.

La antediluviana economía del truque era consustancial a esos tiras y aflojas entre partes, cara a cara. El precio nominal pocas veces era el real. Entraron en liza las redes de distribución, grandes o pequeñas, y la tarifa cerrada y bien rotulada a la vista del comprador, convirtió los trapicheos en costumbre desusada y más propia de una técnica y uso de mercado de charlatanería.

Comprar hoy un automóvil es una decisión seria, que no tolera frivolidades. Ni del vendedor ni del adquiriente. Se trata de un artículo de larga duración con vinculaciones entre ambos. Implica a la tienda, porque contrariamente a lo que sucede con la gran mayoría de mercancías, las obligaciones hacia el cliente, efectuado o pactado el abono, no es que terminen, es que empiezan, pues configuran un compromiso obligado de años, al entrar en escena un factor exclusivo de estas transacciones: el mantenimiento y garantías dilatadas en el tiempo. Para la otra parte, el uso y consumo de la transacción es un trámite proceloso de condiciones superpuestas y muchas veces camufladas en la confusión de la letra pequeña. Antes de poner las posaderas en el asiento del auto, no ha sido poca la maleza macheteada por una información excesiva.

La complejidad del producto y el inacabable paquete de opciones con posibilidades abiertas hasta una casi total personalización del producto, da pie a un catálogo casi inagotable de elaboración de tarifas donde las sumas, restas, multiplicaciones y divisiones, sin perder de vista fracciones, potencias, raíces cuadradas y logaritmos, sucediéndose a velocidad de vértigo, culminen en una tarifa final, especie de corolario de teorema matemático.

Solo en marcas, es decir nombre propio sin más apellidos, bien puede haber hoy en España un inventario no muy alejado del centenar de opciones

La espesura de ese espacio se complica con una oferta que no para de expandirse. Solo en marcas, es decir nombre propio sin más apellidos, bien puede haber hoy en España un inventario no muy alejado del centenar de opciones, máxime con la entrada, en forma de irrupción, de las firmas chinas, que han penetrado, no como élite, sino como marabunta. Si a eso se agregan motorizaciones, niveles de equipamiento, ciclos de carburante y vaya usted a saber cuántas disyuntivas más, el vademécum comercial del automóvil va camino de la guía de uso de un smartphone, no menos de tres volúmenes, por mucho que se camuflen en Internet.

El cliente está abocado a una exploración previa a su decisión de marca y modelo, que tiene ingredientes sobrados de expedición a lo Stanley en busca del doctor Livingstone, pero si el primero culminó felizmente su hallazgo en lo más profundo del África meridional, el desconcertado —por exceso de información— comprador llega a destino con la sorpresa de una cuota final, tras cuatro o cinco años de mensualidades, que representa entre un 30-40 % del valor final del artículo. Esta es una argucia de fidelización con grilletes que, aunque legal, como artimaña que resulta, la ética la deja en barbecho. Siempre ha sabido mejor lo obtenido sabiendo, desde el primer abono, la cantidad fija que hay que pagar cada mes hasta la conclusión, unos años mediante, de la interrelación comercial.

No voy a caer en la estulticia de pretender paralelismos entre la compra de un coche o una vivienda y la cesta de la compra semanal para la despensa hogareña. Hay inmensas diferencias entre unas y otras. Obviamente, un pago aplazado en el largo tiempo de una cantidad importante, obliga a garantías puntillosas de seguridad en la operación por parte del vendedor respecto al comprador. Pero el trámite puede y debe evitar el galimatías de las sorpresas.

Mirar la escaleta de pagos en la oferta de los automóviles, y ver ese comienzo con la preposición desde xxxx euros es un abrirse las carnes porque el hasta xxxx euros es un supremo interrogante. En el recitado alfabético de esta figura gramatical de las preposiciones al desde de marras, le sigue inmediatamente después el hasta. No están tan alejados.

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