La torpeza del bocazas imperial está poniendo en bandeja lo peor que puede hacer un líder político: fabricarle al adversario (para él, en cualquier circunstancia, rival) un enemigo común. Riza el rizo hasta el extremo de que la estulticia de su egolatría, hace que sea él mismo la razón de que la fragmentación buscada contribuya al efecto contrario: la unidad.
Desconozco en qué maquiavelismos habrá bebido este fantoche. Desde luego, para nada, en el original de la autoría de El príncipe, el clásico de las maniobras políticas que Maquiavelo, dicen, se inspiró siguiendo las acciones de gobierno de Fernando El Católico, legendaria expresión de la astucia con puño de hierro en guante de seda.
Donald Trump es el ejemplo total de gobernante vesánico con ínfulas de mafioso que se jacta de sus tropelías, que televisa en directo sus excesos para que el mundo pueda apreciar su poder de bocachancla y su nulidad de cerebro. Tiene sucursales ideológicas y mercantiles repartidas por zonas estratégicas de la política planetaria, que se aprestan al lameculismo de su pretendido poder universal.
«las bravuconadas del inquilino de la Casa Blanca han generado lógico miedo, emoción que olfatea la catástrofe compartida que ejerce de pegamento social»
Estas franquicias ponen en solfa los patriotismos de bandería, pulsera y correa de reloj con la permisividad nauseabunda para con el daño que el gran jefe infringe al país que tanto dicen amar, solo por gozar la soñada caída de los enemigos internos; o sea, todo el que no siga su dogmática totalitaria. Reléase la historia, por favor.
Europa se ha caído del caballo no por revelación divina. Asunto mucho más pedestre: las bravuconadas del inquilino de la Casa Blanca han generado lógico miedo, emoción que olfatea la catástrofe compartida que ejerce de pegamento social. Nuestro continente quiere hablar con una sola voz. Este escribiente no ha conocido semejante intención en los años que le ha tocado vivir, signados en un dígito que le convierte en viejo administrativo; entiéndase jubilado veterano.
Europa está abocada a una unidad de mensaje. Unidad que ha sido demorada porque la idea naciente de su comunidad nació con los calificativos de mercado y economía. Ni siquiera hoy ha engranado el concepto de ciudadanía, aunque la actitud de Trump empuja en esa dirección. Pero solo puede prosperar y cuajar en clave interna. Reto titánico para sus dirigentes, obligados a coger este guante que abofetea el rostro.
La política hace los pasillos en las cancillerías continentales y globales.
Ya se pone el ojo en la otra gran potencia, China, un país que siempre le ha sacado jugo a la paciencia, a la diplomacia de modos suaves, pero hechos contundentes. Escuela opuesta a la actual de EEUU y su tremendismo trumpista. Cuando el panocha no ceja en la cantinela del «hagamos América grande de nuevo», sugiere que es imperio en podrida descomposición, acechado por una alternativa en auge. Pero el depredador potencia su peligrosidad sintiéndose herido.
Europa puede presumir de poderes que conserva maduros y atractivos. Sigue teniendo un liderazgo cultural y artístico innegable. Son joyas de los abuelos que cotizan alto para una emergencia en tiempos difíciles. Aporta al conjunto global talento, un inmaterial desperdigado por todo el planeta, y que se habrá de recuperar para equilibrar la balanza tecnológica, en la que de momento golea EEUU.
«Nuestro territorio tiene fortalezas económicas. Pese a estos tiempos duros para una industria incomprensiblemente cedida hace décadas al nuevo eje mundial»
Nuestro territorio tiene fortalezas económicas. Pese a estos tiempos duros para una industria incomprensiblemente cedida hace décadas al nuevo eje mundial, se conserva un estandarte incuestionable: la cultura del automóvil, un feliz híbrido entre lo tangible y lo intangible. El coche es una filosofía de vida para los europeos. Trump le tiene el ojo puesto de los aranceles, porque ha conquistado su territorio con una magia que el producto «made in América» no tiene y, dudo si ha tenido.
El automóvil es manufactura USA, pero habla los idiomas europeos. Como el cine, pero al revés, invención europea y lenguaje americano. Los coches son el portavoz de la política europea. Ha tocado el turno de superar los conceptos nacionalistas de las marcas. Renault, Mercedes, Fiat, Volvo, Seat…habrán de dejar de ser en nuestras mentes francesa, alemana, italiana, sueca, española… Para adoptar con naturalidad y orgullo el gentilicio del continente, por mucha nostalgia que quede en el camino. EEUU y China son a nuestros ojos, continentes con estructura de nación. Son las nuevas reglas del juego y el automóvil corre el riesgo de ser la casilla de vuelta a la salida.

