Una constante de la geopolítica contemporánea es que el petróleo, además de elemento base del sistema energético que mueve el mundo, es demoledor arsenal de las guerras. Dudo mucho que pueda entenderse por la opinión pública en un lenguaje pacífico, dada su altísima capacidad estratégica y poder dominante. Su código genético guarda el permanente conflicto. No concede cuartel a la tranquilidad. Donde se halla, país o región, la tensión sociopolítica es su sistema sanguíneo. Y desatadas las hostilidades pone al planeta en jaque. Tiene el tambor de guerra como himno.
En mi vida larga he vivido numerosos episodios hostiles con el petróleo. No me ha faltado década de existencia sin sobresaltos, pero el que ahora revivo solo tiene parangón con las consecuencias de la famosa guerra del Yom Kippur, o el enésimo conflicto árabe-israelí, entre los años 1973-1975. Esta conflagración abrió la presencia del llamado 'oro negro' como arma estratégica. Se cortó el grifo y nuestra civilización occidental se vio obligada a un drástico cambio de vidas en sus usos y hábitos que se ha prolongado hasta ayer mismo.
El ataque combinado de Estados Unidos e Israel a la teocracia iraní retoma el escenario de aquella guerra de hace más de cincuenta años, que provocó una revolución silenciosa, doméstica, pero visible y perceptible
El ataque combinado de Estados Unidos e Israel a la teocracia iraní retoma el escenario de aquella guerra de hace más de cincuenta años, que provocó una revolución silenciosa, doméstica, pero visible y perceptible. Nada volvió a ser igual. Uno de los sectores que dieron por completo la vuelta al calcetín fue el del automóvil, cambiando radicalmente los pasos a la pierna económica y empresarial y a la otra de sus efectos anexos a la movilidad.
Si en los setenta del pasado siglo, las acciones fueron más bien escaramuzas traducidas en un importante recorte de la producción que trajo consigo la inevitable alza de precios, que estranguló nuestro entorno, el sentido bélico que ha tomado la actual situación es la televisión en directo de la guerra a sangre, fuego y venganzas desatadas.
Por un lado, el ahora mismo difiere del pasado en que éste era un mundo polarizado en dos ejes regidos por el concepto de guerra fría, pivotando en el equilibrio del terror por la profusión de armas nucleares de las dos superpotencias. El escenario del conflicto entonces era el tapete donde EE.UU. y la URSS dirimían sus supremacías en regímenes y territorios bajo sus respectivas órbitas. Controlaban en sus calculadoras las consecuencias de un descontrol. La diplomacia vigilaba el idioma de las armas.
Ahora esa parte del mundo es un tablero caótico que, entre aquella guerra y ésta, se ha ido conformando a base de acciones bélicas disparatadas de la potencia dominante de estos tiempos. Ha sido el sembrado de un desorden geopolítico que todavía no clarifica una solución válida y sí más embrollo. Ese polvorín no ha hecho más que llenarse de explosivos. Al timón de la nueva política, liderazgos dignos de un esperpento valleinclanesco, que han roto todas las reglas de la diplomacia para dar rienda suelta al exclusivo razonamiento del que tiene más bombas.
El factor invariable vuelve a ser el eterno rehén: la ciudadanía. De nuevo inermes ante los caprichos de la aristocracia guerrera sometida a la economía como descontrolada avaricia y no como ciencia. Volveremos a las cábalas, solo conocidas por los más viejos, de especular con precios de la gasolina en tarifas asfixiantes. Se resucitarán soluciones de movilidad compartida. Se acabarán las rotundas demostraciones de libertad que representan viajar a donde apetece. Habrá que enfrentarse a los interrogantes de un nuevo mundo que asoma con inquietantes fisonomías. Está ganando la distopía.
En los espacios oscuros ya se están frotando las manos quienes huelen la pieza del beneficio ofensivo: los comerciantes insaciables que se han hecho dueños del mundo. Muy a propósito esta reflexión del gran Indro Montanelli: las civilizaciones las edifican los humanistas, las consolidan los científicos y las destruyen los mercaderes.
Muchas guerras padece hoy la humanidad. En órdenes distintos. Las hay civiles, étnicas, de clanes, de rivalidades atávicas, territoriales, incluso, dicen las ONG, que se contabilizan más por el dominio del agua que del petróleo. Curioso sarcasmo, el ser humano nunca vivirá sin este elemento, cuando ha vivido milenios sin los combustibles fósiles. Fuera de este componente estratégico para la economía, la irrelevancia acompaña a esos conflictos. Nuestro mundo sucumbe al cómputo de los réditos monetarios y concede la indiferencia a la principal fuente de vida. Esto no funciona.

