Ahora que han pasado varias semanas desde que se anunciara la prórroga y que deja, por tanto, en suspenso —aunque aún tiene que ser ratificada en el Parlamento Europeo, así como por el Consejo de la UE— la prohibición de venta de vehículos impulsados por motor de combustión interna a partir del 1 de enero de 2035, es un buen momento para analizar esta controvertida decisión.
Controvertida, porque echa por tierra toda la estrategia que en los últimos años ha estado defendiendo a capa y espada la Comisión Europea. Y no solo eso: supone renunciar a la bandera del Green Deal que ha caracterizado a la UE los últimos años. ¿Es un error que nos pasará factura, como sostienen los Verdes y otros políticos? ¿Era lo que había que hacer para salvar a la industria automovilística europea? ¿Supone allanarle el terreno a China para que se convierta en líder absoluto mundial en electromovilidad?
¿Es un error que nos pasará factura, como sostienen los Verdes y otros políticos? ¿Era lo que había que hacer para salvar a la industria automovilística europea?
Como todo en la vida, la verdad es poliédrica. Considero que todas las partes tienen parte de razón. Estoy de acuerdo con Michael Bloss, de los Verdes alemanes, cuando afirma que «el verdadero problema al que se enfrenta la industria del automóvil europea no es una ley que entrará en vigor en 10 años», sino que las ventas de marcas europeas han colapsado en China. Pero también tiene razón Manfred Weber, jefe del Partido Popular Europeo, al recordar que «solo se puede luchar contra el cambio climático si se combina con una visión económica razonable». Y es que ya lo he indicado en estas mismas páginas en varias ocasiones: durante demasiado tiempo se ha legislado en Europa en materia ambiental sin tener los pies en la tierra.
Sea como fuere, que se prorrogue la comercialización de vehículos ICE y, por ende, se flexibilicen unas normativas que estaban estrangulando a los fabricantes europeos, no tiene que suponer que las marcas dejen de desarrollar vehículos eléctricos. Eso sí que sería un error.
¿Por qué no empezamos a ser más realistas? ¿Por qué no analizamos qué vehículos son los que más circulan por las ciudades (transporte público, furgonetas de reparto, taxis, VTC…) para que la lucha contra el cambio climático se inicie por ahí? Y, sobre todo, no volvamos a caer en el error de convertir la movilidad del futuro en un privilegio solo para bolsillos desahogados. Como decía Napoleón, «a veces hay que retroceder dos pasos para avanzar uno».

