Antes de echarme a la hoguera, estimado lector, no mate usted al mensajero. Quien firma estas líneas es tan amante del automóvil que, como en el caso de los cerdos, me chiflan hasta sus andares: me gustan los coches grandes, los pequeños, los clásicos, los de combustión interna, los eléctricos… No creo que haya un invento tan extraordinario como esa máquina que te lleva del punto A al B y te otorga tal grado de libertad que, si no existiera, habría que inventarla.
Sea como fuere, leo que el Consejo de Ministros aprobó a principios de este mes en primera vuelta el anteproyecto de Ley de Consumo Sostenible, por el que se prohibirá —entre otras muchas cosas— la publicidad de los vehículos propulsados exclusivamente por combustibles fósiles.
«No seré yo quien vaya a criticar un anteproyecto de ley —¡Dios me libre!—, pero sí me gustaría poner en duda la eficacia de la medida»
No seré yo quien vaya a criticar un anteproyecto de ley —¡Dios me libre!—, pero sí me gustaría poner en duda la eficacia de la medida, si lo que persigue es desincentivar la compra de vehículos con motor de combustión interna. Porque, seamos francos: que no se pueda publicitar un modelo con mecánica diésel, por ejemplo, no implica que cuando Fulanito se meta en Internet a buscar ese modelo que cumple con sus requerimientos, no vaya a toparse con contenidos editoriales que, seguramente, influyan mucho más en la decisión de compra que el propio anuncio de la marca. Sin olvidar que, cuando Fulanito vaya al concesionario, es probable que se encuentre una unidad de esas características y la termine comprando.
Puestos a ser ingeniosos, yo le recomiendo al ministro de Consumo que dé un giro de tuerca a su anteproyecto de ley y obligue por decreto a que los vehículos con motor de combustión interna vayan vinilados como las cajetillas de tabaco, con una enorme franja roja y el mensaje: «Conducir un coche térmico perjudica seriamente la salud». Estoy convencido de que así seguro que nadie se compra un vehículo con mecánica de combustión interna…
Bromas aparte, el quid de la cuestión es que en vez de poner el foco en los vehículos de motor térmico nuevos —que cumplen con normativas de emisiones muy estrictas—, el Estado debería centrarse en eliminar de nuestras calles las tartanas con más de 15 años, que, además de contaminar mucho, distan —mucho— de los estándares de seguridad activa y pasiva actuales. Qué manía la de empezar la casa por el tejado…

