Me reconozco amigo de las secciones de pasatiempos de los periódicos. El favorito, sin duda, el crucigrama. Hace tiempo me serví de ellos para forjar un vocabulario que fue asentándose en los significados que se proponían para las columnas horizontales y verticales. Hoy, los terapeutas, me lo recomiendan para agilizar esa memoria aminorada por las calcificaciones cerebrales a causa de los años.
En esos retos a la inteligencia y reflejos destaca también la llamada sopa de letras. Un montón de grafemas en planificado revoltijo, que en algún escondrijo designaban una palabra que había que localizar visualmente y subrayarla. Una prueba de perspicacia que facilitaba el poder de concentración.
Los catálogos de la oferta automovilística general tenían mucho de sopa de letras en combinación con números, que complicaban un poco la memorización. Junto a la marca, el modelo según segmento. Era una relación extensa de varias decenas de firmas, y a cada una le acompañaba el modelo, solo con letra, o en combinación con números redondos o en unidad, para hacer más accesible su asimilación.
Con la llegada de las marcas automovilísticas chinas y los vehículos eléctricos, el dominio de designaciones muy concretas de objetos o abstracciones, dominante hasta entonces en las firmas asentadas, ha pasado a ser una ecuación o una formulación algebraica o química, que desafía la capacidad humana de absorber tan ingente oferta en forma de galimatías nominal.
El primer mensaje de captación de un automóvil está en su nombre, un poco como las personas: es la primera línea del carné de identidad
China creo que ha formulado interesantes tics culturales domésticos con la formulación identificativa de sus modelos automovilísticos. No puede pasar desapercibido que la norma de expresión gráfica del gigante asiático no son nuestros grafemas o letras occidentales, sino ideogramas que expresan, además de concreciones, abstracciones o conceptos complejos. Para los filólogos, este método de expresión es un hándicap para el lenguaje de internet, dominado en exclusiva por el alfabeto occidental.
Mi generación asimiló la cultura automovilística a base de denominaciones con números u operaciones aritméticas redondas, junto a claves mixtas de extrema sencillez. Recordemos 600, 4x4, R5. Visual y cerebralmente, rotundas, sin margen para confusiones u olvidos. Pasó el tiempo y la costumbre fue adoptando complejidades todavía del todo accesibles, con nominaciones concretas. Véase Corsa, Ibiza, Megane, Fiesta… conviviendo con un cóctel de números y letras, sobre todo en marcas alemanas, que no revistieron dificultad para la familiarización: A4, Clase C, E, S, Serie 3, 4,5 y 7, V/S40. Llegaron los pioneros orientales, Japón y Corea del Sur, y se acogieron al lenguaje comercial dominante con nombres como Yaris y Corolla, i10, i20, i30, i40, Ceed, Sorrento. Los cimientos mercadotécnicos tenían la obligación de no confundir a la clientela. Hacerlo sería pegarse un tiro en el pie.
Realidad incuestionable es que China y los eléctricos parten con denominaciones de marcas duras para nuestro oído, y si se despliega el inventario de modelos en una combinación de letras y números sin lógica para nuestra básica estructura terminológica y aritmética, el mestizaje cultural y comercial pierde un tiempo precioso.
El primer mensaje de captación de un automóvil está en su nombre, un poco como las personas: es la primera línea del carné de identidad. Desde este punto de vista, tomarlo como cuestión baladí es interpretación razonable de frivolidad. Cierto que esa identidad no es tan determinante como precio, prestaciones, seguridad o posicionamiento, pero ignorarlo es actitud de riesgo.
La oferta automovilística española, solo con la presencia china, desgajada por marcas y la cascada de modelos, debe tener ya el formato de un listín telefónico. Quizá no importe, cuando la red digital ofrece accesos directos llenos de atajos frente al latoso peregrinaje en el papel. Pero hay algo que no puede escapar a la mercadotecnia: que Wally, la metáfora de la opción a seguir o elegir, está camuflada entre una multitud que confunde en vez de identificar.
Me acuerdo de un juego de mi infancia de la calle, sin consolas. Chavales sentados en las aceras mirando la calzada y jugando a ver quien identificaba más rápido la marca y modelo del coche que pasaba delante de nuestras narices, o pronosticar el que iba a pasar. Todos eran conocidos. Tampoco era mucho mérito: confrontábamos contra seis firmas, a lo sumo. La sopa de letras, con o sin números, del parque actual es una jungla que hay que machetear o abordarla como el juego del pasatiempo, mirando a todos lados, hasta dar con las palabras bien escondidas entre la multitud.

