La vida económica española, y en particular la vivienda, es un problema sin fin, circular, eterno. Los historiadores dan buena fe de ello. A finales del XIX, este era un país agrícola (40% del PIB), analfabeto (56% de la población) y poco longevo (35 años de edad media). El mundo industrial empezaba a despuntar y las protestas se resumían al grito de pan barato, fuera el impuesto de consumo y abajo las quintas. Y las viviendas, hacinadas e insalubres.
El primer decenio del siglo vivió el crecimiento del movimiento obrero, huelgas, conquistas laborales y el uso del proteccionismo como arma de asalto económico. La primera Gran Guerra permitió el auge de la industria y el comercio, pero la inflación y los precios de los alimentos por encima de los salarios alimentaron motines, manifestaciones y huelgas. La vivienda, de nuevo relegada.
La dictadura de Primo de Rivera (1923-1930) se puso a rebufo de la bonanza internacional. Nacieron monopolios (Campsa, Telefónica), creció la red viaria, se mejoró el empleo y se estabilizaron los precios de los alimentos básicos a cambio de una violenta represión sindical. Y se construyeron colonias con magro balance social.
El país y la especulación en la vivienda crecieron con alegría hasta la crisis financiera mundial de 2008, que devolvió a las catacumbas las cuentas públicas, la producción y los salarios
El primer bienio de la segunda República abordó la reforma agraria. En el segundo, los terratenientes recuperaron viejas prebendas y se rebajaron los salarios. En ese viaje de acción y reacción republicano la vivienda no fue objeto de atención principal.
La Guerra Civil llevó al país una década atrás. Penuria, hambre, miseria, cartillas de racionamiento, alta mortandad, inflación y salarios por debajo integraron el paisaje de la postguerra. Se instauró la represión y, en economía, la autarquía. Los primeros rayos de sol solo aparecieron 20 años después, con el Plan de Estabilización de 1959, el Primer Plan de Desarrollo de 1964, la apertura al exterior, el turismo y las reservas de divisas que enviaban cientos de miles de emigrados por Europa y Suramérica. Pero los salarios siguieron a rebufo del beneficio empresarial. La vivienda creció en las ciudades hasta que la crisis del petróleo devolvió al país al hoyo de la recesión, que paliaron los Pactos de la Moncloa (1977) y la adhesión de España a la CEE. El país y la especulación en la vivienda crecieron con alegría hasta la crisis financiera mundial de 2008, que devolvió a las catacumbas las cuentas públicas, la producción y los salarios. La escasez salarial y de empleo se impuso de nuevo a la escasez de vivienda.
Empleo y PIB han vuelto a lucir, pero el precio de la vivienda se incrementó un 75% en 10 años mientras los salarios se movieron en el 20%. Es el mercado, amigos. Y no hay solución a la vista. La rebatiña de 7.000 millones que Gobierno y autonomías acordaron días atrás para construir vivienda asequible, rehabilitación y dedicada a colectivos vulnerables suena a peanuts.















































