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Límites a la globalización

A mitad del siglo XX la Globalización se vio como una oportunidad para hacer crecer la economía. Hoy llegan medidas proteccionistas para poner límites en aquellos lugares donde más se implicaron con esa liberalización del mercado mundial.

A mediados del pasado siglo se empezó a componer el más extraordinario canto a la libertad económica que se haya conocido y que se tituló 'Globalización'. Supuso la integración progresiva de la economía mundial gracias a la circulación multidireccional casi libérrima de mercancías, servicios, avances tecnológicos, datos, flujos de inversiones y trabajadores. Se rompieron barreras en nombre de ese viento de libertad que ahora empieza a rolar.

Los defensores de esta filosofía comienzan a ser conscientes de que toda libertad tiene límites. No hace falta acudir a Aristóteles, Kant o Hegel para explicarlo. Incluso en nuestra Constitución (art.20) una libertad tan preciada como la de expresión limita con el respeto al honor, la intimidad, la propia imagen y la protección de la infancia.

China rivaliza con EEUU por la primacía mundial, gracias a una globalización que aplica a conveniencia

La 'Globalización', a todas luces defendible, lleva en su propio seno el germen de la autodestrucción. Sus protagonistas exprimen la idea de producir más barato para obtener mayor beneficio. Y en esa ecuación no viajan en trenes homologables. El resultado, en términos numéricos, refleja que en la UE el sector manufacturero representaba el año 2000 el 20,8% del PIB y en 2020 el porcentaje cayó al 14,3%. En España la industria suponía un tercio del PIB en los setenta y hoy del 15% al 20%, entre otras razones, todo hay que decirlo, por el desplazamiento de producción al sector servicios.

La Unión Europea ya es consciente de la necesidad de recuperar la competitividad en la economía y presentar negro sobre blanco medidas para reindustrializar el continente y elevar el peso del sector secundario hasta el 20% del PIB en 2035. ¿Cómo hacerlo? Poniendo coto al libertinaje de la globalización.

La UE maneja que los inversores extranjeros aporten valor añadido en los sectores industriales estratégicos y no se limiten a ensamblar en Europa piezas de alta tecnología fabricadas en otros países para conseguir en esa operación la etiqueta de made in Europe y regatear aranceles.

Otros 'límites' a la libertad globalizadora podrían ser la exigencia de sociedades conjuntas en que el capital extranjero no supere el 49%, que transfieran los derechos de propiedad intelectual, innovaciones y tecnología, y en las que la mitad de la mano de obra «en todas las categorías de la plantilla» sea europea.

El telón de fondo se llama China, país que exigió a finales del siglo XX transferencias de tecnología a las empresas que allí querían instalarse para aprovechar su mano de obra barata. ¿Consecuencia? Hoy fabrica automóviles eléctricos que compiten en avances y precio con la industria europea; goza de un envidiable nivel tecnológico en el desarrollo de todas las ingenierías y está, en definitiva, rivalizando con Estados Unidos por la primacía mundial gracias a una globalización que aplica a conveniencia. Xi Jinping frente a Trump. Globalización frente a aranceles. He ahí una cuestión sin resolver.

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