Creo que no hemos sido generosos, ni en esta publicación, ni en esta columna, con las muchas ocurrencias sacadas del horno de la Dirección General de Tráfico (DGT). Pero en nuestra ciencia periodística, rigurosidad se antepone a gentileza. Confieso que culminados mis escritos en bruto, muchas han sido las relecturas de ese texto. Y me he tenido que someter a las justas correcciones, las del pulimento, no las políticas.
La Guardia Civil de Tráfico, por vía colateral, ha recibido algunos de estos sopapos. Unos justos; otros, simplemente, porque pasaba por allí, donde se repartían, y alguno cayó por ser la que estaba más a mano para indignarse. Nos ocurre con las multas, que nos sientan a cuerno quemado, por lo mucho que tienen de herida en nuestro sobredimensionado ego de conductores, así como de violación del bolsillo con nuestras perras. Ellos son los sancionadores. Aplican el reglamento parido por burócratas guarecidos en despachos. Son los que dan la cara para que se la partamos. Convengamos que no hay comportamientos justos hacia ellos.
Esta portavoz, con permiso de mi admirado Forges, ha recurrido a la excusa de una niñata con vestido de responsabilidades que le quedan grandes
No han sido muchos mis encontronazos con estos agentes. Claro que me han parado y retenido. La inmensa mayoría de las veces con el respeto debido. He asentido y he negado. La interrelación ha sido profesional. Con eso basta.
Tengo una anécdota que no me resisto a que quede en el silencio. Probando para mi medio un modelo con todavía algo de tiempo para su lanzamiento en España, pero ya presentado a la prensa internacional, veo a lo lejos a la pareja (en la Benemérita, la unidad, como en los huevos, es dos). Me hacen la señal de alto. Obviamente detengo el coche en la cuneta a un par de metros del suyo. Me tranquilizan al segundo. Querían ver el modelo. Eran fanes del mundo automovilístico y distinguieron a distancia una silueta nueva. Pudo la afición a la profesión. Me presté gustoso a ello y, durante no más de cinco minutos, curiosearon el coche. Terminada la sucinta inspección, dieron unas gracias muy efusivas y me dejaron marchar. Hice unos cuantos kilómetros con la sonrisa a flor de piel.
La Guardia Civil de Tráfico fue creada en 1959. Tuvo el acierto, desde el primer día, de eliminar de su uniformidad cotidiana el inquietante tricornio, complemento distintivo del cuerpo con reminiscencias represoras en los ámbitos rurales. Hizo percibir a muchos españoles que éste era un auténtico servicio social, no exclusivamente policial y, aunque parezca mentira, pudo ser decisivo, un estupendo eslogan, en tiempos de dictadura, que en sus vehículos de atención, aquellos Land Rover verdes, se leyese en el saliente del techo el trío de palabras auxilio en carretera.
Lo prestaron con altruismo castrense y civil a los conductores y familiares de coches accidentados o averiados. Incluso en aquellos tiempos de temores más que justificados hacia la autoridad, estos guardias civiles contagiaban a la ciudadanía un efecto sedante, imposible de ser trasladado a otros efectivos de las fuerzas de seguridad estatales.
La agrupación de Tráfico de la Guardia Civil contabiliza en sus 67 años de existencia 346 agentes fallecidos en acto de servicio, la especialidad más castigada de la Benemérita. Casi trescientas (299) de estas víctimas lo fueron en labores de ayuda en la red vial, 28 cayeron a manos de grupos terroristas, principalmente ETA, una docena tiroteados por delincuentes comunes. Evidencia: funcionarios de alto riesgo en la prestación de acciones en la singular dotación unitaria de pareja.
Mis recuerdos y las constataciones estadísticas de esta unidad hacen aflorar mi perplejidad por la estúpida, peor que odiosa, comparación formulada por la portavoz del Grupo Popular en el Congreso, Ester Muñoz, cuando recabada la opinión del principal grupo de la oposición sobre la retención de una hora en Líbano, de un soldado español por las fuerzas invasoras israelíes, se descuelga que ella ha pasado más tiempo retenida en controles de la Guardia Civil.
Esta portavoz, con permiso de mi admirado Forges, ha recurrido a la excusa de una niñata con vestido de responsabilidades que le quedan grandes. Controles para prevenir la alcoholemia o ingesta de drogas al volante siempre serán una comprobación bienvenida para la seguridad vial. Controles para localizar a un peligroso delincuente se encuentran en la misma escala de conveniencia social. Luego, eso sí, apelaciones grandilocuentes a la Guardia Civil para agitar un terrorismo que dejó de azotarnos hace casi tres lustros.

