La economía nunca sufrió un big bang por más que la rueda o la máquina de vapor lo pareciera. El desarrollo es un proceso encadenado. Por eso resulta desalentadora esa manía de colgarse medallas en la carrera de un progreso que no acabó ni acabará. Observémoslo a vista de dron.
Fue Den Xiaoping, el líder del «milagro económico» chino, quien regaló a Felipe González una frase que convirtió en lema de mandato: «no importa si el gato es blanco o negro, lo que importa es que cace ratones». González se aferró a la idea, liberalizó, privatizó, invirtió en infraestructuras hasta que el cóctel de déficit público, demanda y precios acabó con su mandato.
José María Aznar puso la economía rumbo a una desregulación, privatización, liberalización, austeridad fiscal y recepción de inmigración que le inspiró su lema. Rebajó el gasto público, la deuda y el déficit y creció el PIB. «España va bien», proclamó, pero olvidó la escasa productividad, el retroceso de los salarios, la inflación encubierta en el euro, el precio de la vivienda y el endeudamiento privado.
José Luis Rodríguez Zapatero vivió días de vino y rosas con datos récord en materia de inversión, empleo y renta per cápita. En 2007 afirmó que «España está en la Champions League de las economías mundiales». Un año después bajó de la nube con una burbuja financiera mundial con consecuencias demoledoras para el empleo. De nada sirvió el relato de enmascarar como crisis superable la realidad de una dura recesión.
Cuatro millones de ciudadanos viven en riesgo de pobreza (INE), que no cede la desigualdad, que el trabajo no garantiza la integración social y la vivienda es un lujo
Mariano Rajoy tuvo que hacer frente a una profunda crisis y aplicó el manual que le mandaron por correo desde la Unión Europea: austeridad. Lo siguió al pie de la letra y recibió bocanadas de recuperación que le llevaron a decir que «España va mejor y el rumbo marcado es el correcto»; se ha dado la vuelta al reloj de arena y ya está en la cuenta atrás de la recuperación. La realidad a pie de calle fue otra: caída del PIB, freno a las exportaciones, deuda en máximos, mayor pobreza y paro desconocido.
Pedro Sánchez aterrizó prácticamente con una pandemia que puso patas arriba las economías de medio mundo, pero bregó y encontró en la UE un salvavidas financiero, unos fondos para la recuperación que pusieron en marcha el motor del crecimiento. Cuatro años después aseguraba con datos estadísticos que «la economía española va como un cohete», la que más crece en Europa, presenta récord de ocupados y paro por debajo del 10%. Pero a vuelta de página está escrito que cuatro millones de ciudadanos viven en riesgo de pobreza (INE), que no cede la desigualdad, que el trabajo no garantiza la integración social y la vivienda es un lujo.
La lección a aprender: las políticas económicas arrojan siempre claroscuros y los elegidos para conducirla yerran una y otra vez diciendo «detrás de mí, el diluvio». Pues no.

