martes, 3 de marzo de 2026 - 2:51:23
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Cuando los números asustan

Más de mil muertos en las carreteras, aun en contabilidad anual, es una catástrofe atenuada por el silencioso, pero enervante, goteo. Y aquí sí hay un efecto claro del pésimo mantenimiento de la red.

La relevancia de una información está en relación directamente proporcional al número de afectados. Este es un axioma del periodismo en cualquiera de sus formatos. En el criterio selectivo de la noticia también tiene importancia decisiva la cotidianidad. Si son muchos pocos, pasa desapercibido, incluso se incrusta en la conciencia de la opinión pública como rutina. Si es poco con muchos, el efecto expansivo es brutal.

El accidente ferroviario de Adamuz es un ejemplo de esta premisa. El tren es un transporte masivo, que cuando se incrusta en la negra estadística de la accidentalidad, ocupa portadas varios días. Lo mismo sucede con el avión, donde las tasas de mortalidad en los siniestros sobrecogen con el solitario drama de una aeronave que no llega a su destino.

El goteo sistemático de la siniestralidad en carretera es el silenciador en la pistola letal de este censo, aunque la suma anual en nuestro país acumule más de un millar de muertos, una cifra que solo da para la reflexión de un día. El número trágico solo asusta a la sociedad cuando es el golpe del KO. La pegada estadística en lo aquí referido es territorio de las movilidades marítimas, aéreas y ferroviarias.

Hace años, no muchos, un accidente en cualquier modo de transporte era tomado como una fatalidad combatida a base de resignación. La indignación que buscaba el consuelo de familiar de primera hora, era atendida por las empresas concernidas a través de los informes técnicos a su alcance. El conocimiento de un porqué tenía su bálsamo aliviador.

Sí, aflicción hacia las víctimas en el período de luto oficial, y a los pocos segundos de concluir, unos y otros preparando las baterías con las que agredirse en los foros afines y desafines. Actitud con nombre: hipocresía.

La toxicidad política del momento ha profundizado en el aquelarre de las catástrofes un agitador de las emociones. Estos siniestros naturales o de desgaste de infraestructuras han pasado a la excitación desde la perspectiva visceral, postrando el necesario sosiego que ha de acompañar el dolor, la solidaridad, el estudio de la casuística del desastre y el aprendizaje de los errores para no repetirse en lo sucesivo.

Nada de esto se ha incluido en el guión del accidente de Adamuz. Sí, aflicción hacia las víctimas en el período de luto oficial, y a los pocos segundos de concluir, unos y otros preparando las baterías con las que agredirse en los foros afines y desafines. Actitud con nombre: hipocresía.

Cuarenta y seis muertos y centenares de heridos obligan a los poderes públicos a reflexionar y encausar si hay lugar a ello. Pero habrá que trabajar en los aspectos técnicos esenciales del estado de conservación de la red ferroviaria. Y eso exige tiempo, paciencia y rigor, virtudes en las antípodas de los usos políticos, hoy solo atentos al poder como obsesión por conservarlo y alcanzarlo. En esta adulteración del debate público, se legitima que la desgracia ajena, desde mentes castradas en el raciocinio, sea considerada táctica electoral.

Quiero evitar los agravios. Más de mil muertos en las carreteras, aun en contabilidad anual, es una catástrofe atenuada por el silencioso, pero enervante, goteo. Y aquí sí hay un efecto claro, por estar en el pie de obra de la cotidianidad, de la pésima y permanentemente demorada actualización de mantenimiento de la red viaria del automóvil. Conducir hoy por miles de kilómetros mal asfaltados es un riesgo constatado para millones de automovilistas, pero como sus números de siniestralidad no asustan en sumandos separados, a otra cosa, mariposa. Y no será por falta de informes de acreditadas asociaciones profesionales vinculadas a esta infraestructura.

A lo mejor los políticos creen que están libres de responsabilidades. Pues va a ser que no. En el caso de la red ferroviaria de alta velocidad se han introducido criterios de competencia con el material rodante del sector privado, que ha propiciado multiplicar el uso de la vía y, con ello, su desgaste. Hay que mitificar el nuevo 'El Dorado', que para la política, es el turismo en su reciente versión de plaga. Y esa concurrencia de empresas, ¿garantiza su aportación económica en las tareas de mantenimiento, o estas siguen a cargo del dinero del contribuyente?

La insuficiencia política tiene otro asidero, el de su incapacidad para aprobar cada año la herramienta esencial de la inversión pública en estos menesteres que son los Presupuestos Generales del Estado. Exigencia no solo de Gobierno, también de oposición, y su obligación de proponer. Sin ellos, las cuentas domésticas de la macroeconomía son un parche que perpetúa carencias de servicios esenciales a la comunidad.

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