Pues claro que es legítimo que una empresa gane dinero. Es más, está en la obligación. Una industria o servicio no es solo una caja registradora. Es también una fábrica de empleo, y como empleador, debe protegerlo e incrementarlo en aras a la acción visible de su protagonismo social. La defensa de los derechos de la ciudadanía no está reñida con la obtención del beneficio lucrativo.
Me he impuesto este comienzo con altas dosis de perogrullada. Pero lo que parece saltar a la vista de lo lógico, a veces se convierte en patada en la entrepierna de la conciencia humana. Y eso me lleva a engarzar esta entradilla. Las ganancias empresariales no pueden desvincularse del componente ético y su sinónimo moralidad.
En la endemoniada década de los veinte del siglo que corre, del que ya hemos notariado una cuarta parte, este país ha sido azotado de forma inmisericorde por tres catástrofes. Por orden cronológico: una pandemia, un descontrol de los elementos de la naturaleza, y el más reciente, todavía coleando: un accidente ferroviario, modo de transporte en nuestro imaginario, campeón indiscutible de la seguridad. De esta última fatalidad llevamos contabilizados cuarenta y cinco muertos. Carne de gallina es la respuesta popular. Nada moviliza más a la gente, buena en su inmensa mayoría, que la desgracia ajena, visible hasta en la intimidad de los hogares por la potencia invasora que han adquirido los medios de comunicación. El cuerpo social responde en un «todos a una», cuando nuestros semejantes son cazados por el infortunio en cualquier formato de desgracia.
Durante la pandemia, buena parte de esa repuesta vino de la simbiosis entre personas y material rodante. No puede caer en el olvido la épica de los transportistas por carretera en la sobrecogedora soledad de las infraestructuras, durante la más dura fase del confinamiento. Gracias a ellos, no faltaron en nuestras despensas, alacenas, comercios y hospitales los elementos básicos de supervivencia. Ese sector, básico en la buena salud del tejido productivo de cualquier economía, se ganó con todos los honores el beneficio material y moral de su actividad. De otro costal vinieron las plusvalías de los especuladores, que las hubo. Pisamos de nuevo territorio de la inmoralidad.
La Dana de Valencia de finales de 2024 fue ejemplo donde el automóvil recibió la división de opiniones. El amasijo de coches no fue solo el impacto visual, sino el termómetro mejor ajustado al impacto de una tragedia cuando las aguas se salen de sus cauces. A cambio, el automóvil volvió a ser herramienta indispensable para llevar la ayuda solidaria hasta los más recónditos parajes lacerados por la catástrofe.
El último capítulo es el del accidente ferroviario ocurrido en un lugar inaccesible para automóviles convencionales. Personas e instituciones, propietarias de los vehículos especiales para acceder a esas zonas, se puso a las órdenes de la necesitada ayuda a los damnificados. Los automovilistas y sus carros mecánicos volvieron a dar el paso al frente sin más cálculo en la cabeza que el beneficio para con uno mismo de la acción altruista.
Hay que reconocerlo, el automóvil ha acudido a esa tétrica cita de la corrupción moral. Es símbolo de una moneda, con su envés y su revés, su cara y su cruz
En la retaguardia de estas catástrofes es donde anida el lado oculto, cierto que cada vez menos, de la iniquidad. Conocemos el qué, pero el quién o quienes se esconden en los vertederos de sus propias miserias. Hay que reconocerlo, el automóvil ha acudido a esa tétrica cita de la corrupción moral. Es símbolo de una moneda, con su envés y su revés, su cara y su cruz. Una ambivalencia de la que no puede escapar.
Se pudieron oír las quejas de los afectados indirectos por el siniestro ferroviario. Cientos de personas que se encontraron a pie de estación con el servicio de vía interrumpido para los regresos a su cotidianidad. Era el último asalto de un fin de semana, a pocas horas del retorno a la labor. Una ratonera de la que solo se podía salir con modos de transporte alternativo. Y aquí llegó la indecencia, la pista del beneficio especulativo, del latrocinio ante la urgente y desesperada necesidad.
Es donde han entrado en escena empresas de alquiler de automóviles que ante la perspectiva de una ganancia en el acuciamiento ajeno, multiplicaron hasta por diez las tarifas habituales de un servicio en la normalidad. Actuaciones así demandan la limpieza de la ropa sucia en casa. Que actúen las asociaciones concernidas por la vileza de estos miserables.

