sábado, 17 de enero de 2026 - 2:26:09
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Los espejismos

Cambiar tendencias con ejercicios de reglas numéricas en la publicidad es una práctica de riesgo. Pocas lecturas tienen los dígitos, y menos, si se apoyan en sumas, sustracciones, multiplicaciones y divisiones.

El otro día, en la sesión matinal de ejercicio físico con la habitual compañía de mis auriculares programados para la aplicación musical, casi sin cortes publicitarios, el esporádico anuncio entre las canciones atrajo la atención más que la música de mi elección. Un mensaje —así los llaman ahora, como para naturalizarlos en la cotidianidad— se concentraba en la vida a bordo del vehículo eléctrico de una familia, se supone que progenitores y dos hijos. En aquel habitáculo todo era una arcadia feliz, lo de dentro y lo de fuera, gracias a una tecnología con vocación irreductible para hacernos irredentos seguidores de sus inagotables bonanzas. Publicidad en estado puro, desde luego, y, por tanto, legítima mientras seamos conscientes de que se trata de eso, de un espejismo de oasis en el desierto.

La cuestión adversativa, el territorio de las también incuestionables dudas del consumidor, con las nuevas técnicas mercadotécnicas, es un margen cada vez más angosto en los suelos de la realidad. Digo esto porque el final del anuncio era la declaración final de una voz femenina, envolvente y sugerente, afirmando que se proseguía el maravilloso viaje a las utopías con una autonomía de cuatrocientos kilómetros. Dicho ello en el tono de una milagrosa providencia celestial.

Esta publicidad se dejó hacer prisionera de un lenguaje confuso, desmontable, con el simple rascado de los ejercicios de juzgar y pensar por parte de los usuarios, hoy en la consideración mercantil de caducados

El quid de mi alusión a los espejismos no tardó en prender. Cuatrocientos kilómetros de despreocupación de repostaje, un registro que se reduce a menos de la mitad si entran en concurso los vigentes y denostados ciclos de carburante actuales a depósito lleno. Esta publicidad se dejó hacer prisionera de un lenguaje confuso, desmontable, con el simple rascado de los ejercicios de juzgar y pensar por parte de los usuarios, hoy en la consideración mercantil de caducados.

Cambiar tendencias con ejercicios de reglas numéricas en los anuncios publicitarios es una práctica de riesgo. Pocas lecturas tienen los dígitos, y menos, si se apoyan en sumas, sustracciones, multiplicaciones y divisiones, porque es inevitable hacer cábalas frente a exactitudes con difícil maniobrabilidad para convencer en el ámbito emocional.

Una nueva tecnología de movilidad quiere imponerse. Del todo legítimo. El certificado de la sinceridad de toda evolución es el progreso. Ruego, por favor, no confundir con progresismo a tontas y a locas. La fuerza de un avance se mide en las ventajas sociales. En la capacidad para expandir a las masas una revolución a mejor de los hábitos de vida. Los ancestros del automóvil son una excelente pista en esta búsqueda ¿Alguien me puede decir qué evolución ha propiciado hasta ahora la movilidad eléctrica? Escasas deben ser las razones de los concernidos cuando en su publicidad apelan a un ratio que no llega a la mitad de lo que ya tenemos.

Tendencioso o demagógico hacer de la anécdota teorema. Es preciso profundizar. Me intereso por las estadísticas sobre la reducción de emisiones, que progresa en la limpieza ambiental, pero lo hace todavía con una clara mayoría de cuota automovilística convencional. No hace falta sabiduría de doctorado para concluir que con las actuales herramientas se dan pasos adelante. Y que la magia de un viaje familiar en coche hacia un destino deseado es todavía un regalo de los sentidos, entre ellos, el siempre revelador de la aventura.

Un paso más. Si tan seguros están los apóstoles de la movilidad eléctrica, ¿qué pasa con las preguntas sociales reiteradamente calladas? Ahí van ejemplos: evolución de las tarifas eléctricas cuando la demanda alcance registros de mercado cautivo, tiempos de repostaje altos en modos de vida progresivamente acelerados, limpieza ambiental con el cambio de baterías, regreso de la energía nuclear para afrontar demandas crecientes. No niego que tengan solución, pero la publicidad, como canal comunicativo, oferta espejismos en un presente que ya tiene que tener resultas muchas de las incógnitas de futuro.

La política, por el uso y abuso de la costumbre, nos tiene avisados de sus malabares con los espejismos. Allá cada uno con lo que quiera creer, pues la patita que asoma por la rendija de la puerta es, sin género de dudas, lo que parece. En las cláusulas del contrato social, esta práctica no es válida para el mundo de la empresa y del comercio, ni tampoco tiene sitio en su mitin metafórico que es la publicidad. Pero claro, estos tiempos son de estilos cocinados en el horno del permanente guirigay. Y uno ya se deja llevar por las resignaciones como pésimo sucedáneo de las convicciones.

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