Son dos los asuntos económicos de andar por casa que afectan a todos los ciudadanos. A todos, sin excepción. El que trae de cabeza a los más jóvenes, porque lo viven de primera mano y de manera cruel, es el acceso a la vivienda, que ya se puede etiquetar en su mundo como un inasequible artículo de lujo. El que preocupa y mucho a los menos jóvenes, porque el tiempo no se detiene, es el de las futuras pensiones y sus dudas existenciales sobre la posibilidad de cobrarlas algún día. También entre los diez millones de pensionistas hay de todo; quienes sufren por el monto de la pensión y quienes rezan para que sufran una involución.
España, en 2050, será el país de la OCDE que mayor proporción del PIB dedique a pagar pensiones, el 17%; porcentaje que contrasta con el 10% promedio del conjunto de la OCDE.
El debate se centra en saber si en el futuro se podrán pagar y si la porción de tarta que se comen del PIB será asumible. Todos los organismos, nacionales e internacionales, están de acuerdo en que nuestra brecha entre ingresos y gastos en pensiones se ampliará en el futuro. El Gobierno se defiende con las últimas reformas, como son la ampliación de la edad legal de jubilación, el aumento a 27 de los años de cotización, el mecanismo de equidad intergeneracional, la reforma del régimen de autónomos y un sempiterno Pacto de Toledo que sirve de escudo de las tensiones partidistas. Pero la OCDE, en un reciente informe (Pensions at a glance 2025), vislumbra la necesidad de medidas adicionales.
España, en 2050, será el país de la OCDE que mayor proporción del PIB dedique a pagar pensiones, el 17%; porcentaje que contrasta con el 10% promedio del conjunto de la OCDE. Conviene resaltar que los países más generosos en esta materia son los europeos. Y que en el nuestro la tasa de sustitución o relación entre la prestación del pensionista y los ingresos que percibía como empleado bajo o medio es del 80% (63,2% en la OCDE).
Vivimos dos circunstancias que, más temprano que tarde, nos colocarán ante el espejo de las reformas: la esperanza de vida del españolito que viene al mundo es de 84 años, una de las mayores del mundo, y la tasa de natalidad es de las más bajas del mundo. Difícil encaje. Y para mediados de siglo se prevé que haya tres jubilados por cada cuatro personas en edad de trabajar.
Solución de andar por casa: si se intenta mantener el sistema sin retocar a la baja las percepciones y mantener en las jóvenes generaciones la esperanza fundada de que un día percibirán una pensión, el camino conduce a computar el derecho a la pensión en función de todas las aportaciones realizadas a lo largo de toda la vida laboral. Una opción rechazada, por cierto, por los sindicatos en los albores de la transición con el argumento de que los primeros años de trabajo eran los peor remunerados. Olvidaron la existencia de cálculos actuariales y se permitió que por la puerta de atrás una legión de ciudadanos cotizaran los últimos ocho años de su vida laboral y se jubilaran con percepciones máximas por los siglos de los siglos. Así es la vida.

