Estoy convencido de que esta pregunta habrá sido tema de discusión en más de una reunión del departamento de Marketing de cualquier marca de automóvil. Y es lógico cuestionarse todo: ¿compensa económicamente invertir un pastizal y tener que competir con decenas de otras marcas para captar un poco de atención del público y los medios?
A lo largo de mi vida profesional, he tenido la suerte de visitar los salones de automoción más representativos, desde Ginebra a Fráncfort —estos dos ya no existen—, pasando por Detroit, París, Múnich, Los Ángeles, Tokio, Shanghai y Pekín, sin olvidar Barcelona o Madrid, y muchos de ellos, salvo los celebrados en territorio chino, se han ido convirtiendo en una decadente sala de estar. En el afán por buscar escaparates más innovadores y así impactar en públicos nuevos, las marcas comenzaron hace años a apostar por citas tecnológicas como el Mobile World Congress de Barcelona o el CES de Las Vegas para mostrar sus novedades. Un cambio de paradigma coherente con la transición existencial de las marcas de automóviles, que ya no se definen como fabricantes de coches, sino empresas tecnológicas que proveen de soluciones de movilidad.
¿para qué sirve un salón del automóvil? Entre otras cosas, para demostrar al mundo que la industria de la automoción europea sigue viva
Esta semana pasada se ha celebrado el IAA en Múnich, que recogió el testigo de Fráncfort. Y como en ediciones anteriores, se ha repetido el mismo patrón: muchas ausencias de marcas europeas, que han dado paso a las chinas, que han mostrado su tremendo músculo.
Menos mal, y lo aplaudiré las veces que haga falta, que los grandes consorcios alemanes han estado allí para defender el fuerte. Y no lo digo por hacer de menos a las marcas chinas —la oferta del gigante asiático es espectacular—, sino porque a pesar de los nubarrones que se ciernen sobre la industria del Viejo Continente, Audi, BMW, Cupra, Mercedes, Opel y VW han dejado claro al mundo que, aunque la ofensiva china es imparable, ellas siguen aquí, poniendo de manifiesto que tienen portfolio, que también saben hacer coches eléctricos asequibles y que la tecnología no es patrimonio de Asia.
Así, pues, ¿para qué sirve un salón del automóvil? Entre otras cosas, para demostrar al mundo que la industria de la automoción europea sigue viva, que es resiliente y, sobre todo, tiene futuro. Porque en este sector, como en la vida, no basta con serlo; también hay que parecerlo.

