Han pasado ya unas cuantas semanas desde que Luca de Meo anunció que dejaba la dirección de Renault Groupe para embarcarse en «nuevas aventuras», y lo que me ha sorprendido es haber leído muy pocas especulaciones acerca de su sorprendente decisión.
El propio De Meo lo comunicó a sus más directos colaboradores: «No salgo huyendo». Es más, ¿por qué iba a salir huyendo después de haberle dado la vuelta a una empresa que, al parecer, perdía 40 millones de euros al día —«incluidos los festivos», como citaba el diario El Mundo— en el momento que él asumió el cargo, y en el pasado ejercicio ha obtenido beneficios récord? Y no solo eso: ¿por qué salir huyendo si le ha devuelto el esplendor a una marca, la del rombo, que en cuestiones de diseño andaba más perdida que el barco del arroz?
¿Miedo a la ofensiva china? ¿Mejor apearse ya de un caballo muerto —como consideran algunos al sector del automóvil— antes de que sea demasiado tarde?
«De Meo sabe que el éxito es efímero y es mejor salir motu proprio por la puerta grande a hacerlo obligado por la de atrás»
Quizá esta vez la famosa navaja de Ockham —aquel principio que establece que, ante múltiples explicaciones para un hecho, la más sencilla sea la correcta— tenga razón. Si se analiza su impresionante trayectoria, hay un guarismo que se repite con mucha frecuencia: 5. Sí, en Fiat estuvo 5 años y dejó prendado con su talento al mismísimo Sergio Marchionne; en Seat estuvo 5 años y le dio tal revolcón a la enseña española, que en Martorell aún siguen saboreando esas mieles, sin olvidar ese regalazo que es Cupra. Y en Renault ha estado también 5 años…
Ahora cambia de tercio, se va al sector del lujo —con su particular crisis—, y me juego lo que sea a que en poco tiempo le habrá dado la vuelta al Grupo Kering. Y en 5 años buscará nuevos retos. De Meo, al que pude entrevistar en varias ocasiones, es un viejo rockero al que le va la marcha, y cuanto más complicada es una situación, más le pone. E
s como ese ‘Señor Lobo’ de la película Pulp Fiction que arregla los estropicios; ese capitán al que se llama cuando el Titanic está a punto de comerse el iceberg, y en el último minuto consigue salvar los muebles. Pero, sobre todo, De Meo sabe que el éxito es efímero y es mejor salir motu proprio por la puerta grande a hacerlo obligado por la de atrás. Y estoy convencido de que, aunque estará fascinado con Gucci o Balenciaga, su corazón seguirá siendo impulsado por un motor…

