La historia reciente del país trae un reguero de escándalos económicos y políticos. Todos cortados por el mismo patrón: la codicia por el dinero y el afán por el poder. Todos apalancados en el método de la utilización fraudulenta de los medios públicos o de la especulación abrazada a la información privilegiada. La mayoría relacionados con una corrupción que, dicen, le cuesta al país 90.000 millones al año. Y algunos sentenciados muchos años después de su comisión tras largos procesos en que se enseñorea la mentira como defensa legal del culpable. La relación es copiosa y va desde Rumasa a Filesa, Banesto, Martinsa, Bankia, Gurtel, Marsans, Kitchen y un largo etcétera. Ninguno de sus protagonistas tuvo arreos para admitir desde el primer día su participación en los hechos.
En los años 50, 60 y 70 nos enseñaron un catecismo propio de un Estado confesional católico que el tiempo parece haber borrado incluso de la memoria de aquellos que lo aprendieron y aún admiten en privado su creencia. Ya existían, cómo no, los pecados. Y para expiarlos eran cinco los pasos a cubrir en una confesión sincera: examen de conciencia, dolor de los pecados, propósito de enmienda, decir los pecados al confesor, y cumplir la penitencia. Hoy habría que buscar muy mucho en nuestra vida empresarial y política, como el cínico Diógenes lo intentara con un candil, a un hombre que los cumpliera a carta cabal. Porque algunos de esos preceptos viajan con la intimidad del individuo; otros no acaban por aceptarse; y un puñado de ellos, prácticamente, nunca se cumplen.
«El dolor de los pecados sería el reconocimiento interior de la ofensa o el daño infligido a los demás en nombre propio o en nombre de instituciones»
El examen de conciencia requeriría un íntimo y sincero esfuerzo del oferente o demandante para recordar cada uno de los pecados o actitudes deshonestas. El dolor de los pecados sería el reconocimiento interior de la ofensa o el daño infligido a los demás en nombre propio o en nombre de instituciones (¿entran aquí conceptos como la difamación, o solo la manipulación de la caja de caudales?) El propósito de enmienda puede hacerse público y a menudo así se produce una vez conocida la conducta impropia de la persona o personaje (y de ello hay clamorosos, recientes y reales ejemplos).
Decir los pecados al confesor es un paso que nunca se da por voluntad propia. Tratándose de personas públicas acaban por ser los medios de comunicación y, sobre todo, los jueces las instancias que saquen (y a duras penas) la verdad a flote. Incumplir la penitencia es la regla general y más lacerante de todo el proceso. Lo habitual es que la persona «confesa» diga que se equivocó, que lo siente y pida perdón. Pero ahí se acaba todo, con un ejercicio retórico. No hay penitencia. Pronunciadas las palabras de rigor, el empresario vuelve a su sillón, el funcionario a su despacho, el dirigente a su micrófono, el electo a su poltrona y el diputado a su escaño. Aquí paz y en el cielo gloria. Y hasta el próximo escándalo. El tiempo lo cubre todo.

