Siendo joven, es decir, años ha, me dio, sin saber por qué, por leer una crónica taurina. Ni fui ni soy aficionado, y con el tiempo, me he ido poniendo del lado del toro, sin por ello desear mal al torero. De aquel escrito nada laudatorio hacia la faena del diestro, me impactó el remate del crítico: «en definitiva, más pamplinas que un mueble-bar».
Me reí con aquella comparativa, porque en la moviola de mis edades, volví a una casa familiar de la niñez con el susodicho enser, lleno de espejuelos, luces y una disposición caprichosa de bebidas alcohólicas contenidas en botellas que hoy han desaparecido de los estantes de bares, cafeterías y restaurantes; incluso algunos camareros se sorprenden cuando afrontan una petición de aquellos bebedizos.
Un poco (¿o es un mucho?) de este recuerdo se posa ahora en mi memoria, pero confrontado al orbe automovilístico, en el que esta industria se ha mimetizado en el barroquismo ornamental de aquellos mobiliarios de casas con pretensiones de hogar americano.
No pertenezco a una generación pionera de conductores. España, por sus retrasos atávicos, siempre fue, respecto a Europa, una promoción por detrás en cuanto a automovilistas. Un contemporáneo mío alemán o francés descubrió el mundo del motor en sus abuelos. Nosotros lo hicimos en nuestros padres. Sí tuvimos algo en común. Para todos, el coche fue un soberbio icono de libertad y de desarrollismo. El mercado era de obligada conquista para una demanda minoritaria, porque, para las rentas per cápita, el desembolso de un automóvil eran cuentas complicadas de encajar en los presupuestos familiares. La industria no tenía más foco que el cliente individualizado. Sencillez a plazos era la consigna dominante. Sin el coche se hace incomprensible el auge de las clases medias.
La macroeconomía impone el termómetro estadístico como libro sagrado de los resultados, mientras la microeconomía, como sinónimo equivocado de lo pequeño, se margina
Las nuevas técnicas mercadotécnicas, sojuzgadas por el consumismo sin límite, se han hecho un monumental lío. La macroeconomía impone el termómetro estadístico como libro sagrado de los resultados, mientras la microeconomía, como sinónimo equivocado de lo pequeño, se margina. Y ahí está nuestro automóvil, devenido de emocionalidad a razón pura y dura de números sin alma.
¿Cómo está recuperando hoy la industria automovilística la magia icónica de los coches? Causas para todos los gustos. Pero la más visible ha sido llenar su producto de muchas pamplinas de mueble-bar. Por seguir con los referentes taurinos: una faena de aliño, la que siempre termina con el silencio indiferente del respetable.
Mirar hoy el exterior de un coche con afán identificativo es un ejercicio de experto peritaje. Casi todos se adaptan al mismo patrón. Circulan por calles y carreteras modelos que, en el segmento que sea, visto uno, visto todos. Ya no hay giro de cuello para mirar y excitar los sentidos. Se limitan a transitar. No hace mucho, incluso para un neófito, la admiración era todavía un ejercicio posible. Y si hay una puerta abierta a la exclamación, esta se reserva para modelos clásicos y populares que formaron parte de nuestra vida. Esta modernidad se hace aburrida.
Sondear el interior de un vehículo es otro ejercicio de apatía. Vuelven las pamplinas con pantallas gigantescas en el salpicadero, tejidos de tapicería cortados por los mismos patrones de colores y dibujos, y componentes repetidos hasta la saciedad en cantidad y con utilidad cuestionada. Absoluto sometimiento del usuario a la tecnología y la electrónica, complejas y vulnerables, como subterfugio del negocio del mantenimiento, ante la fiabilidad progresiva de la mecánica. Es como un local franquiciado de comida plastificada, mucha vista y poco paladar.
De la inmensa oferta mercantil de automóviles, quedan en el ostracismo los segmentos de acceso, los llamados en su día, utilitarios, los que animaron este cotarro en tiempos ya olvidados y los que despertaron las emociones de una generación que ansió hacerse automovilista. Todo se adscribe a un parámetro único de adquisición, en el que han quedado desterrados aquellos coches sencillos, pero baratos; porque esa es otra: el destierro de la accesibilidad para núcleos importantes de población juvenil, cruelmente castigados en sus expresiones de residencia y movilidad por significativos recortes salariales. Única salida: un mercado de ocasión y sus «estrellas», coches viejos paradójicamente encarecidos por su alto registro de demanda.
Sí, hay mucha pamplina automovilística impulsora de preocupaciones y consecuencias indeseadas, contrarias a las deseadas protección ambiental y seguridad vial. Ello es responsabilidad de malos planes industriales y de legislaciones inmaduras.















































