Pocos han sido los posicionamientos concretos del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, sobre las cuestiones relativa al sector automovilístico. Lo conocido no se ha desviado un ápice de sus postulados acerca del progresismo como mantra resolutivo y vacuna contra todo lo que suene a conservar o retroceder, aunque sea procedente.
El automóvil, para él, es un súbdito servil de la causa superior que, en su idiosincrasia, es la lucha sin cuartel contra el cambio climático, aunque se aborde a tontas y a locas como es el caso del coche eléctrico. Las consideraciones a tener en cuenta en un jefe del Ejecutivo, no pueden eludir consecuencias que no están escondidas, pero que encorsetan el pretendido dogma con el escozor de la realidad.
La Comisión Europea ha prorrogado más allá de 2035 el plazo para la prohibición de la producción y venta de los vehículos de combustibles derivados del petróleo en el ámbito de la UE. La decisión ha levantado ampollas en la cabeza visible de un gobierno que, desde que tomó posesión de su poder, hizo de la electrificación del automóvil una especie de religión con las ortodoxias anexas y combate abierto contra todo lo herético en su sesera. Ni una mínima concesión a los matices germinados desde el sentido común. El debate necesario se ancló en la instrumentación política, sin dejar resquicio a las legítimas y argumentadas dudas de la calle.
El coche eléctrico no puede ser una victoria sin el convencimiento del consenso, porque los a posteriori no pueden ser causa de la improvisación o el oportunismo, ¿se ha olvidado el recurso dialéctico de prevenir antes de curar?
Esta columna, y la línea editorial del medio que la sustenta, nunca adoptaron posiciones a priori sobre la electrificación del parque. Desde nuestra voluntad crítica al servicio de una opinión pública informada, sí incidimos, y lo seguiremos haciendo, que el coche eléctrico no puede ser una victoria sin el convencimiento del consenso, porque los a posteriori no pueden ser causa de la improvisación o el oportunismo, ¿se ha olvidado el recurso dialéctico de prevenir antes de curar?
La trayectoria del coche eléctrico es una antología de los apresuramientos dogmáticos de la política. En su contenido apenas se ha divisado la obligada dimensión del debate social con todas las partes y aristas concernidas. Pedro Sánchez, su gobierno, y la cohorte burocrática de Bruselas, han adoctrinado vía normativa impuesta. Se sacudieron, como quien se quita el polvo del gabán, la obligada polémica con una ciudadanía de millones de personas implicadas en una nueva movilidad, que si no se ajusta como pieza de altísima precisión de convivencia, acarreará, sin remedio, perjuicios demoledores.
Equilibrio, y no dogma, es la receta adecuada de un desafío fundamental para la calidad de vida de millones presentes de seres humanos y de las masas que nos seguirán en las nuevas generaciones. Sin discusión que el cambio climático es un referente ineludible de esos retos. Tenemos la obligación de legar a hijos y nietos un planeta habitable, pero también conectado con las revoluciones de movilidad que se han acumulado desde la noche de los tiempos. Ningún signo de libertad supera a la de la movilidad sin barreras. El tratamiento dado hasta ahora a las energías alternativas en el automóvil tiene un tufo insoportable a confinamiento.
Pedro Sánchez se ha erigido en un paladín del progresismo, digno de novela galante de caballería. Es un Quijote de la causa que arremete en aceleración desesperada contra los molinos de viento de lo cotidiano, si se anteponen a su ideal. Olvida que todo progreso, para serlo de verdad, se cimenta sobre el pasado, en los aciertos, como imitación y perfección, y en los errores, como aprendizaje. Nuestro presidente debe poner oídos al consejo de los grandes campeones de la competición automovilística, ese de que las carreras no las gana el que más acelera, sino el que mejor frena.
Apelar a que la decisión de la prórroga comunitaria se debe a las presiones del lobby sectorial, es todo excusa y nada argumento. Presidente y burócratas de la UE, hagan examen de conciencia sobre la multitud de preguntas formuladas por sus sociedades para despejar los legítimos cuestionamientos actuales y de futuro de la electrificación automovilística. Ahí están, en los cajones de sus escritorios, apolillados, y con el silencio como respuesta.
Un QUÉ no será beneficioso en futuro si no se atiene a un CÓMO realista, sincero y equilibrado. Ninguno de estos condicionantes se ha dejado de ver en el monólogo político, ignorando en su ímpetu insensato el corrector frenazo terapéutico, errores que han causado una pérdida ¿irreparable? de tiempo en una urgencia.

