Del concepto antónimo dice la RAE: «palabra que, respecto de otra, expresa una idea opuesta o contraria». El asunto que va a servir de desarrollo a la columna arriera se acoge a una heterodoxia académica. En la actividad informativa del automóvil me hago eco de dos hallazgos de antónimos, abierto y hermético, enlazados al nombre común garaje, pero en el resultado comunicativo, operan como sinónimos puros. Mi alegórica arriería periodística ha clamado repetidas veces por la necesidad imperiosa del retorno ya inaplazable de una épica al relato del automóvil. El mensaje de este nuestro mundo de objetos rodantes, se apeó un día de la hazaña y la aventura, para impregnarse de una pegajosa mercadotecnia. El resultado ha sido un desatino. Correcto que hay que vender números y estadísticas, pero con la respiración asistida de la charlatanería, que no ha dejado de ser el toque mágico del producto.
Bien lo sabían mis paisanos maragatos, ejercientes legendarios de la arriería como forma de comercio, desaparecida en forma, aunque no en fondo.
Vale, ahí tenemos dos garajes, uno abierto y otro hermético. Ambos, en su cima comunicativa con el propósito magníficamente logrado de la narración del mundo automovilístico, como apasionante aventura unidireccional de héroes sin antagonistas.
Hay autoría. De la parte extrovertida en el calificativo del garaje se ocupa un colega como Santiago de Garnica. De la supuestamente inescrutable, otro reconocido informador del motor: Máximo Sant. El primero se atiene al formato de la letra escrita en el soporte de una mitología de modelos y marcas que atrapa al lector con el asombro infantil de estar oyendo un cuento. El segundo elige la difusión en redes sociales con una didáctica de maestro rural y una incitación a debatir al modo socrático de buscar respuestas inteligentes desde preguntas sencillas. Una delicia leer a uno y oír y escenificar al otro.
Soy de los que creen que un acto de compra tan emocional como el de coche o el de motocicleta, necesitan del néctar de una pequeña heroicidad
Mis colegas han penetrado en una pedagogía informativa que apunta a una apología o publicidad del automóvil rompedora de los esquemas mercadotécnicos actuales, esclavizados en eficiencias a marchamartillo que aburren a un caballo de cartón. Soy de los que creen que un acto de compra tan emocional como el de coche o el de motocicleta, necesitan del néctar de una pequeña heroicidad.
Enfoquemos el asunto. Un buen amigo de trinchera informativa en esta especialidad transmitía su indignación por la pobreza narrativa de los dosieres de prensa de los nuevos modelos de la marca que fuese. Aquello era una infumable verborrea con la única pretensión de dar al especialista la información enlatada para deglutir sin paladear. Posiblemente, muy adecuado para el universo de los influyentes, pero incompleto a todas luces para la bendita inquietud de necesitados y curiosos impertinentes como Máximo y Santiago.
Otro enfoque se atiene a la pregunta de un ejemplo, ¿qué ha influido más en la leyenda automovilística de Ford, las prestaciones del modelo T o la personalidad irrepetible del pionero de un sueño, llamado Henry Ford? Creo que el personaje arrolla a su producto. En el automóvil de hoy se constata la relación inversa, superávit de manufactura y déficit perjudicial de héroes y casuísticas, el alma del automóvil.
De Garnica y Sant navegan con sus garajes antónimos, aunque hermanados en el objetivo, por las aguas de un componente promocional indiscutible: la grandeza de un linaje. Ya no solo marcas míticas como Rolls-Royce o Ferrari, de raíz popular, como Fiat, Renault, Volkswagen, Citroën y casi todas las europeas o estadounidenses, junto a los muchos retoños de sus modelos, no abdican de su posición reinante en la historia.
Ya estoy oyendo las voces que contraatacan este mensaje devorado por las telarañas de los desvanes al que van a parar los cachivaches desvencijados por el ímpetu mercantil de la potencia imparable y arrolladora que es el modelo chino. El precio, o sea la artillería, es la fase inicial de conquista o desembarco, pero el asentamiento —bien lo saben japoneses y coreanos— sin calidad ni mitología es proyecto incompleto.
La hoy deprimida Europa ha escrito los tratados, y dos garajes, uno abierto y otro hermético, imparten la lección al estilo de un ágora de la sabiduría. Jorge Luis Borges dijo que «la Biblia es el único libro escrito por Dios». Estoy por creer que el automóvil tiene también su libro sagrado, pero entre el papeleo de tanta mercadotecnia y cuentas de resultados, se ha extraviado.

