miércoles, 6 de mayo de 2026 - 5:13:03
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Crónica negra

Los coches están sometidos al principio universal y neutro de que, siendo aparato o máquina, su bondad o maldad está asociada a nuestro entender y proceder como conductores.

El suceso que voy a glosar se encuadra en los parámetros de la crónica negra. Al mundo del automóvil no le falta lado oscuro. De los innumerables elementos de la existencia, muy pocas cosas pueden escapar del costado tenebroso, incluidos nosotros.

El automóvil arrastra desde los orígenes la leyenda maldita de su estadística accidental. Alcanzan sus latigazos, cierto que mermados, hasta el presente. Por mucho voluntarismo y confianza infinita que se ponga en los avances de la tecnología, la siniestralidad cero está en un horizonte de perfección que, como imperfectos, nos es negado. Un siniestro vial se encaja con pesar, pero así debe ser, en los anales del suceso cotidiano. Pero el núcleo de esta historia se adentra en el relato de la crónica negra por la crueldad y estulticia que a veces reviste la condición humana.

El fallecimiento de un médico, víctima de un accidente provocado por el pique entre dos automovilistas inscritos ya como presuntos delincuentes, es el asunto. La aplicación de la justicia determinará si procede elevar la categoría penal del delito.

Los coches están sometidos al principio universal y neutro de que, siendo aparato o máquina, su bondad o maldad está asociada a nuestro entender y proceder como conductores. Esa constatación convierte a las máquinas rodantes en materia antropológica. Todo coche se pone en marcha, es decir, vive, por la acción humana. Todo coche tiene, por ahora, un volante que mantiene ruta o gira, por la mano de un conductor. Ninguno, y estamos hablando de miles componentes, tiene autonomía para decidir. Quienes se implicaron en este criminal acto no fueron las máquinas, sino la supina estupidez de dos machos alfa erectos dirimiendo territorio.

Esta explicación tenía que sobrar. Soberana perogrullada. Pero no queda más remedio que exponerla ante las lecturas que se han hecho a posteriori, lanzadas, desde el primer timbrazo, a criminalizar una máquina. Quizá la tendencia progresiva a humanizar herramientas, tal como se pretende con la inteligencia artificial, hayan viciado y confundido el debate. Mientras tanto, quede claro que una pistola aloja balas que matan, pero solo mediante la acción de un dedo de carne y hueso apretando el gatillo. Sobrada, aunque necesaria reiteración de variación sobre un mismo tema.

El habitáculo de un automóvil es una mínima expresión de íntima propiedad expuesta a un entorno de suprema competitividad

Verdad sin desviaciones es que el habitáculo de un automóvil opera bajo las leyes del cerebro humano. Miedo da pensar cuando lo haga conforme a los criterios previamente diseñados por el algoritmo. Ese es otro debate, pero no me reprimo a meter esta morcilla. Y hay que colegir que muchas seseras están tocadas por formas de vida de la modernidad que nos acercan peligrosamente a trastornos psíquicos no atajados por las ciencias curativas.

El habitáculo de un automóvil es una mínima expresión de íntima propiedad expuesta a un entorno de suprema competitividad. Es fácil percibir que por su angostura y la cercanía de relación con el resto de ocupantes, se imagina vulnerable. Hay que entrar en él y actuar con el sistema nervioso muy templado. Al volante intuimos, por encima de otro factor, la agresividad de los semejantes. Una maniobra ajena de imposición o interrupción de la conducción desata una iracundia ciclónica. Esta suspicacia automovilística nada tiene que ver con nuestra faceta de peatón, en la que se disfruta de entornos, también asfixiantes, pero más amistosos, tranquilos y, sobre todo, con el cielo como techo.

Recupero de la memoria una película de dibujos animados de la factoría Disney asimilada durante mi niñez, cuando mi perspectiva como conductor oficial podía estar a una década de concretarse. El argumento era un remedo de Goofy caricaturizado como un señor amable, encantador, cívico, que saludaba a sus semejantes, reía con los niños, pero penetraba en el habitáculo del coche y era la metamorfosis del doctor Jekyll hacia míster Hyde.

Que nadie lea en estas líneas ni un atisbo de disculpa para los descerebrados responsables de ese pique con víctima mortal. Yo mismo me he picado en el automóvil por nimiedades que hirieron mi orgullo estúpido de ocasional macho alfa. Al abrir la puerta y pisar suelo me daba cuenta de mi supina memez. No sé si todavía me he perdonado. La imbecilidad propia malamente admite indulgencia. Y eso que nunca dejé daño irreparable. Que los irresponsables, solo ellos, de esta estúpida crónica negra tengan el resto de sus vidas el peso de conciencia de su inhumanidad criminal.

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