En una crisis económica, como en una enfermedad, suelen concitarse causas de distinta naturaleza interna, como son la gestión necia de los recursos, la corrupción, las tensiones políticas, la carencia de materias primas o los conflictos armados. Pero no son menos dañinas de la asfixia económica causas externas como los virus de los bloqueos, embargos o restricciones financieras.
Las sanciones son armas que tienen en su mano países poderosos por su capacidad para intervenir en el tráfico de recursos, comercio de productos y gestión de las finanzas. La colección de países «multados» desde la Segunda Guerra Mundial es kilométrica. En la lista figuran China, Nicaragua, Zimbabue, Rusia, Venezuela, Siria, Afganistán, Etiopía, Camboya y Serbia, entre otros. Pero tres países están encaramados en el podio de las sanciones integrales: Corea del Norte, Irán y Cuba, que luce la medalla de oro.
La economía de Cuba es un manual de ineficacia desde el triunfo de la revolución liderada por Fidel Castro, en 1959. Sus dirigentes, en contra de lo que enseñaba el progreso, se empecinaron en un modelo de planificación estatal que propició un exceso de burocracia, escasa productividad e ineficiencia en las empresas estatales, comandadas por el establishment militar. Avanzó en las áreas de educación y salud, pero sufrió una pasmosa lentitud para responder a las demandas del mercado. Si a la escasez de combustibles, la escasa inversión, deterioro de las infraestructuras, dependencia de socios externos (URSS) y emigración cualificada se une el feroz y larguísimo embargo decretado por Estados Unidos se completa el paisaje de una economía colapsada.
La última vuelta de tuerca la está generando la administración estadounidense al impedir «por las buenas o por las malas» el acceso al petróleo y «sugerir» a las empresas extranjeras instaladas en la isla que abandonen sus proyectos
La última vuelta de tuerca la está generando la administración estadounidense al impedir «por las buenas o por las malas» el acceso al petróleo y «sugerir» a las empresas extranjeras instaladas en la isla que abandonen sus proyectos, en particular, los turísticos, que son la última esperanza económica para aquella ciudadanía. El resultado es un país a oscuras, sin medicamentos, con el precio de los alimentos disparado y el hambre rondando las familias.
La decisión de asediar una plaza para conquistarla condenando a la sed, hambre y enfermedades a sus pobladores figura en las cruentas lecciones de los antiguos libros de historia. Con el sitio de Cuba la revivimos. Donald Trump se ha salido con la suya. Aparentemente, ha vencido. ¿Ha convencido? El Gobierno cubano decidió el pasado 19 de junio abrirse al liberalismo con un rosario de medidas que abrazan la economía capitalista (banca privada, mercado de cambios, fin de los subsidios, adiós al igualitarismo, reformas laborales...). El presidente Díaz-Canel promete justicia social, aunque «lo primero que hay que hacer es producir». Pero sigue sin estar claro cómo y quién dirigirá el proceso.

