viernes, 6 de noviembre de 2026 - 11:36:24
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De coches y de trenes

No se olvide que las carreteras españolas afrontan parecido olvido de modernización y adecentamiento desde hace años. Y, por ellas, discurre el 80% de la movilidad humana y mercantil de este país.

Hace más de 30 años, un anuncio generó molestias en el sector automovilístico. Bajo el eslogan Papá, ven en tren, se sucedían una serie de imágenes de atascos en las carreteras, mientras trenes de diseño ultramoderno circulaban a velocidades impensables de 300 km/h por vías expeditas. Nacía en España la alta velocidad ferroviaria. Una inversión milmillonaria, en pesetas, sufragadas por aquella bolsa de los milagros que fueron los Fondos Sociales Europeos, para homologar el país a las infraestructuras del continente.

Tampoco le iba mal a la carretera. De 1988 a 1993, España y el mecenas continental invirtieron 2,3 billones de pesetas, sobre un presupuesto de partida de 800.000 millones, con el mismo fin. De una primera tacada se logró que poco más de mil kilómetros de vías de alta capacidad, o sea, autopistas o autovías, contabilizasen más de 7.000. De un retraso atávico se pasó a la tercera potencia del entorno en carreteras modernas, rápidas y desahogadas. El atasco dejó de ser una imagen de país y quedó limitado a fechas clave de éxodos vacacionales.

El triunfalismo se equiparó a la hazaña, y esta se negó a hacer contrapeso con la parte agridulce. Esa que de forma tan sutil el escritor Josep Pla, al observar maravillado el derroche de luces y neones en la plaza neoyorquina de Times Square, preguntó: «Y esto… ¿quién lo paga?» Aquel espectacular crecimiento, llevaba aparejada la exigencia de una hucha muy grande en la que ir guardando los dineros para acometer las tareas de mantenimiento, porque toda infraestructura de uso intenso está abocada al desgaste. Pero los cuartos de las obligadas adecuaciones no lucen en política, y esa política los trató a beneficio de inventario.

La carencia de un instrumento esencial de gastos e ingresos como son los Presupuestos Generales del Estado durante tres años

Acaban de morir 69 personas en el accidente ferroviario en la línea de Alta Velocidad Madrid-Sevilla, entre las localidades toledanas de Urda y Los Yébenes. No hace un año, en la misma vía, pero en la localidad cordobesa de Adamuz, otra colisión entre un AVE y un Yrio, arrojó 46 víctimas mortales. En ambos siniestros lució desde el primer momento la sospecha, más que razonable, de que la demora y desidia en la tarea de modernización regularizada de la vía, había sido insuficiente y desacompasada con el proceso de privatización que triplicó los tráficos por infraestructuras ya avejentadas. A esto, únase la carencia de un instrumento esencial de gastos e ingresos como son los Presupuestos Generales del Estado durante tres años.

La suma es trágica, 115 muertos en los dos accidentes, separados entre sí por solo diez meses. Y en el uno, sobre el otro, la dejadez de las tareas de mantenimiento, que no dan para la foto del corte de cinta. Sobre ello, una convocatoria en firme de elecciones generales, y la clase dirigente, a por todas sobre los muertos aún en caliente, o escurriendo el bulto, o haciendo cuentas de los beneficios a sacar de la catástrofe como cosecha de votos. Miseria moral por defecto y por exceso.

Si el sector automovilístico se ofendió con aquel agravio comparativo de hace más de treinta años, no le faltan razones ahora. Es evidente que un siniestro de la altísima mortandad de dos convoyes a velocidades por encima de los 200 km/h sobrecoge con la contundencia emocional de los números traducidos a tragedia, pero no se olvide que las carreteras españolas afrontan parecido olvido de modernización y adecentamiento desde hace años. Y por ellas discurre el 80% de la movilidad humana y mercantil de este país. Salvo catástrofe impensable, más de 70 muertos en un solo accidente, se hace a priori una dimensión imposible en esta infraestructura, sometida al atenuante sentimental de los goteos.

No ha habido desembolso económico. Se ha jugado a la política con la negación y rechazo de partidas inversoras para prevenir riesgos. Sobre ello, este país soporta continuos efectos llamada al turismo de plaga que congestiona y dificulta el control de modos de transporte saturados. Se diviniza el registro de cien millones de visitantes como cuerno de oro del que mana sin cesar el dinero, pero que desoye si tenemos sitio para todos y si estamos preparados para un buen servicio. El orgullo AVE de la marca España ya ha dado respuestas. No hace falta señalar con el dedo. Carreteras y raíles, coches y trenes, en este país son un mal estilo de dirigencia y planificación.

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