Sufrimos porque el precio del combustible se encarece, porque debemos trabajar más o quitar recursos de otras necesidades para desplazarnos al mismo lugar o calentar la casa igual que ayer. Es un dolor que nace de las entrañas tierra y que ataca sin tregua y sin compasión, pero que aún se puede combatir en parte con alternativas que nos trae el viento y el sol. Es difícil vislumbrar un mundo escaso de energía, pero imposible de imaginar sin el cuarto elemento: el agua. Y a ese oscuro túnel nos dirigimos.
Los estudios hídricos internacionales apuntan, más aún, certifican, que se están consumiendo las reservas de agua dulce del planeta a velocidades de vértigo. Los ríos, los lagos, los acuíferos y los glaciares se agotan. Estos auténticos regalos de la naturaleza se arrinconan mientras la humanidad “abre las puertas del infierno”, en palabras de Antonio Guterres, secretario general de la ONU.
Las cuentas aseguran que en los últimos cincuenta años la Tierra ha perdido un tercio de sus humedales y la contaminación amenaza con envenenar el resto; la mayoría de las aguas residuales en el mundo van de vuelta a los ecosistemas sin recibir tratamientos para su reutilización, lo que las convierte en una amenaza para la salud y un daño irreparable para la biodiversidad acuática. Cierto que la agricultura es el consumidor por excelencia del agua dulce en el planeta, pero es una urgencia más que preocupante que haya 2.000 millones de personas que no disfrutan de acceso al agua potable y 3.500 millones que no gozan de saneamientos básicos.
La falta de agua dulce a la que nos dirigimos hará la vida más cara, más incómoda y más insegura en términos alimentarios; favorecerá y aumentará la desigualdad entre pueblos, y nutrirá los flujos de migración
No hay que estrujarse la cabeza para identificar las causas de este presumible desastre planetario. El cambio climático, con sus sequías extremas y sus lluvias torrenciales, lidera la lista. No le va a la zaga la demanda de material hídrico debida al crecimiento demográfico (8.000 millones de personas en el mundo y creciendo) y las exigencias cada día más agresivas de la industria tradicional y los nuevos avances tecnológicos, aún por evaluar, como es el caso de la implantación de la inteligencia artificial y sus centros de trabajo. La última causa, que casi siempre es la primera, hay que buscarla en la incuria del hombre, en su falta de visión de largo alcance, que solo reacciona y atropelladamente cuando revienta el problema (llámese presa, barranco o hundimiento del cielo).
La falta de agua dulce a la que nos dirigimos hará la vida más cara, más incómoda y más insegura en términos alimentarios; favorecerá y aumentará la desigualdad entre pueblos, y nutrirá los flujos de migración. Pero lo que encoge el corazón es que el control de las fuentes de agua tensará las relaciones pacíficas entre naciones. Las soluciones tecnológicas (desalinización, agua atmosférica, etc), apoyadas en procesos de alto coste, pueden ser alivio para naciones acomodadas financieramente. El resto, las débiles, pasarán sed. El agua se adivina, aunque lejana, la próxima estación.

