jueves, 17 de septiembre de 2026 - 12:00:39
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Un empresario humanista

«Acaba de fallecer uno de estos empresarios de bonhomía intrínseca: Carlos Espinosa de los Monteros, un todoterreno de la empresa como aventura colectiva, más que de las finanzas y sus especulaciones»

Se puede ser, por supuesto, empresario y humano, como rasgo de humanidad. Más difícil es encontrarse con uno humanista como referente del saber humanístico y su enganche obligado a las dudas y desafíos de las personas. Esto del empresariado tiene una conexión instintiva con el empirismo científico de las cuentas de resultados. Es automático asociar la mentalidad empresarial al solo aspecto del lucro. Pero uno se ha encontrado con buenos ejemplos de patrones bien dotados con la triple secuencia: empresario-humano-humanista. No pocos, pero tampoco abundantes. Es una trinidad virtuosa, por tanto, selecta.

Acaba de fallecer uno de estos empresarios de bonhomía intrínseca: Carlos Espinosa de los Monteros. Un todoterreno de la empresa como aventura colectiva, más que de las finanzas y sus especulaciones.
Espinosa de los Monteros, véase su currículo, ha tocado sectores económicos de las más variopintas actividades, entre ellos, el automóvil. No se circunscribió al área privada. Como técnico comercial del Estado, cantera insuperable de buenos gestores en España, aportó presencia y esencia en el sector público. Un mestizaje que quizá explique ese talante humanístico que nunca dejó de mostrar ante los periodistas que, como yo, tuve la suerte de tratarle en las facetas personal y profesional.

Era un aristócrata de títulos nobiliarios, una impronta que supo trasladar a su comportamiento público. Un personaje educado en catálogos de modales exquisitos con la inestimable virtud de no ofender ni despreciar, y sí engendrar confianza entre interlocutores. Era un hombre de la palabra rancia y seca, pero íntegra, de esa nobleza entregada a la empatía y no a la heráldica.

Entrevistarle era un disfrute. Claro que ejercía de empresario. Por esa razón íbamos a tomarle declaración. Y queríamos una enjundia, que más que en sus elocuencias, estaba en sus silencios. Todo lo más, como un mimo, en gesticulaciones.

Cada encuentro con el personaje, fue mi experiencia, obedecía a una especie de reglamento no escrito. Culminado el guion profesional, se abría el humano y humanístico. Espinosa de los Monteros proponía una segunda parte del encuentro, por lo general, casi de la misma duración que la interviú. En ese capítulo, se relajaban los protocolos por las dos partes. Era el tiempo de inquirir las opiniones de la calle, ya no en turno de pregunta/respuesta, sino de declaración a calzón quitado. Aquel hombre, a libreta y grabadora cerradas, practicaba la táctica socrática de preguntar sin afán inquisidor. Ahí le dominaba la vocación humanística: saber lo que se cocía en el asfalto, no en las moquetas.

Cautivaba con ese equilibrio, reservado a pocos, del combinado bien mezclado entre la obligación y la devoción

Buscaba la discrepancia, la provocaba incluso, pero con el afán didáctico de esas personas predispuestas a sacar aprendizajes hasta del más humilde interlocutor. Desde el primer momento, en aquel diálogo, se establecía un juego libre de opiniones con la impagable pedagogía del respeto mutuo. Jamás un mal gesto, ni una imposición escondida. Un señorío a raudales de la persona que hace de las dudas y de los posicionamientos ajenos un valor de alta cotización en la bolsa de los pensamientos. Llegué a desear mis entrevistas con Carlos Espinosa de los Monteros, más por la segunda parte de las enseñanzas que por la primera del deber profesional de la declaración de titular. Cautivaba con ese equilibrio, reservado a pocos, del combinado bien mezclado entre la obligación y la devoción.

Espinosa de los Monteros cimentó ese humanismo en el matrimonio entre el empresariado y la institucionalidad. Encontró en el sector automovilístico el hueco para ese ejercicio. Sí, presidente de la filial española de Mercedes, marca a la que defendió a capa y espada, pero dio el salto al asociacionismo a través de Anfac, y se convirtió en dirigente sectorial, más representativo que ejecutivo. Desde ese sillón, esta patronal escondida en la dependencia de las estrategias multinacionales, abrió cauces muy relevantes de diálogo con las Administraciones Públicas. Quiso más, y apuntó y atinó a la organización mundial de fabricantes automovilísticos, distinguida por la sigla OICA. Un otero desde el que divisar y conocer de primera mano los pasos de la globalización. Una buena didáctica para el capítulo español. Con esa trayectoria no es casualidad que en la presidencia de Mariano Rajoy, este le designara comisionado para la promoción de la marca España, con rango de secretario de Estado. Un hombre del automóvil para afrontar el insólito y apasionante reto de una simbiosis entre empresa y país. Algo solo apto para un empresario bien formado en el humanismo.

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