lunes, 3 de agosto de 2026 - 10:00:19
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Salir con 'la fresca'

El aire acondicionado en un automóvil de aquella España era utopía hasta para el coche de un ministro. La única ventilación eran las ventanillas abiertas del todo.

La palabra vacaciones en mi condición de jubilado tiene todos los componentes de la rutina. Que no se confunda con vagancia. Uno sigue al pie del cañón, pero a otro ritmo. No obstante, la inmensa mayoría de mis paisanos abrazan la palabra como un bálsamo. Están en la línea de salida del descanso esperado durante el resto del año.

Vivo hoy este tiempo con la melancolía que los mayores recordamos la niñez, etapa que también divinizó las vacaciones escolares en forma de veranos que han quedado en la memoria, sin necesidad de ser azules.

Me acuerdo de la liturgia de los comienzos. Fue una planificación que apenas varió en años. Un día llegaba mi padre y comunicaba a la familia: mañana salimos de veraneo con la fresca. No era viajar con una señora de vida disoluta, sino empezar viaje al alba, cuando el estío racanea un par de horas de temperaturas respirables.

En aquellos días, esas horas de un fin de semana en una ciudad como Madrid, era citarse con la hora punta del tráfico. Millares de familias recién motorizadas iniciaban con la misma fresca el éxodo liberador del calor hacia la playa, la montaña o el pueblo de los ancestros. El aire acondicionado en un automóvil de aquella España era utopía hasta para el coche de un ministro. La única ventilación eran las ventanillas abiertas del todo hasta que el sol rompiese de nuevo la breve tregua.

Mi padre, cabeza de una familia del arquetipo burgués del desarrollismo español de la década de los 60 del siglo pasado, ya tenía el Seat 600 en orden de marcha, matiz coherente para su profesión militar. El día anterior había mirado la presión de las ruedas y llenado el depósito de una gasolina de mínima calidad en octanaje. Poco antes de salir cargaba el escueto equipaje que permitía un ridículo maletero en posición delantera, mientras en la parte trasera cumplía con el protocolo de mirar los niveles del aceite y palpar su espesor. Si algo fallaba recurría a la lata de reserva y rellenaba el cárter.

había que mirar la cara de mi padre y oír sus jaculatorias cuando topábamos con un camión y el adelantamiento era una mezcla de ruleta rusa y película de suspense a lo Alfred Hitchcock. Culminada la maniobra un hormigueo de gustirrinín recorría el cuerpo

Al arrancar, mi madre daba los últimos toques a la prole adormilada en los asientos traseros durante la entreluz de un amanecer a punto de asomar. Colocaba unas toallas en las ventanillas fijas como sucedáneo de parapeto contra la rotunda luz solar, pronto en lo alto. Ya había dado al marido el orden del día respecto a micciones y desayuno de los chiquillos, para que paradas para orinar o vomitar, no demorasen el viaje.

Por delante, algo más de trescientos kilómetros, trayecto en el que se empleaba, si todo iba bien, sus buenas seis horas. Rebasar la aguja del cuentakilómetros del número 100 era espectáculo y vítores para el gallinero infantil de la trasera que, previamente, había animado en pro del objetivo con ánimos de graderío ultra. Allí nos movíamos libres de ataduras, lo mismo que conductor y copiloto. La seguridad estaba supeditada a las manos del progenitor.

La carretera era una línea negra en la que, solo de vez en cuando, nuestro coche se cruzaba con otro en sentido contrario. Pera había que mirar la cara de mi padre y oír sus jaculatorias cuando topábamos con un camión y el adelantamiento era una mezcla de ruleta rusa y película de suspense a lo Alfred Hitchcock. Culminada la maniobra un hormigueo de gustirrinín recorría el cuerpo.

Eso de parar cada doscientos kilómetros para descansar y combatir la fatiga, tal como hoy señalan los elementos de control de un coche moderno, para nada. La única alerta que obligaba a la parada era el rugido de las tripas, por la vía del hambre o de la orinada o cagada de los infantes. El refrigerio, las más de las veces, era parte del equipaje, bien unos bocadillos o unas galletas, tomado sin apearse del vehículo. Y si había que hacerlo y entrar en el bar, al coleto que iba, sin mínimo atisbo de preocupación, la cerveza o el tintorro.

Lo dicho, después de seis o siete horas, como émulos de Ulises y su tripulación, llegada a Itaca. Arribada con la caliente, pues la fresca hacía tiempo que se había bajado de aquel épico automóvil. Pero vuelvo a aclarar, no una señora ávida de sexo, sino la hora de «la» calor, con artículo femenino, que es cuando el barómetro pasa de los cuarenta.

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