Con frecuencia, cuando se produce un cambio de paradigma, se repite el mismo error de concepto: ponerle un traje nuevo al modelo de negocio actual. Vamos a tomar como ejemplo el mundo de los medios de comunicación.
Al comienzo de los 2000, con la irrupción de las puntocom, muchos editores pensaron que la web era hacer lo mismo que hasta entonces, pero en un soporte digital, además de seguir apostando fuerte por lo viejo conocido, porque es lo que daba dinero. ¡Erroor!
Con el coche eléctrico ha pasado algo parecido. Muchos fabricantes pensaron que la electrificación suponía poner un motor eléctrico y una gran batería donde antes se alojaba la mecánica térmica y el depósito, respectivamente, y teniendo la absoluta certeza (infundada) de que lo que funciona en Hamburgo también lo hará en Shenzen. ¡Erroor!
Se aplica al mundo del automóvil uno de los 'must' del sector tecnológico: escuchar al usuario y subsanar rápidamente cualquier incidencia
Me he leído el libro Der Auto-Shock, del periodista alemán Frank Sieren, que lleva afincado en China casi tres décadas. En su obra, Sieren hace un análisis brillante, gracias a las decenas de entrevistas a ingenieros y directivos del sector en China, hasta llegar a las causas de por qué se torció el éxito de la industria automotriz alemana en el gigante asiático. Una de las claves que apunta Sieren es lo que hacen los ingenieros de Xiaomi: están entrenados para estar atentos a lo que demandan los clientes y satisfacer sus deseos rápidamente.
Se aplica al mundo del automóvil uno de los must del sector tecnológico: escuchar al usuario y subsanar rápidamente cualquier incidencia. Es decir, no basta con montar un motor eléctrico si la gestión de la batería no es la adecuada porque el software falla más que una escopeta de feria; no basta con instalar una pantalla enorme en la consola si su interfaz no es intuitiva y para acceder a un servicio hay que ser ingeniero; y no basta con lanzar una aplicación para controlar el coche si esa app es más mala que pegar a un padre. Si no se piensa y actúa como lo hace una empresa tecnológica y, sobre todo, si no se escucha activamente al usuario y se da una respuesta ágil a su feedback, algunos se comerán los mocos.
Hay que interiorizar que el usuario de un smartphone espera que la experiencia en su coche sea la de un smartcar, y todo lo que no siga ese patrón está condenado al fracaso. Así de simple y así de crudo: ¡es la tecnología, estúpido!

