jueves, 3 de septiembre de 2026 - 10:30:55
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Rumbo a lo desconocido

Basta con echar un vistazo al mundo para sentir escalofríos. ¿Vivimos en tiempos de paz?
La respuesta es…

Basta con echar un vistazo al mundo para sentir escalofríos. El futuro inmediato no está teñido de incertidumbre sino de peligros. Nuestros ojos ya están familiarizados con explosiones, destrucción y muerte. Pero nadie sabe ni cómo ni cuándo acabará esta carrera que retrotrae al infierno que vivió el mundo hace 90 años. Fue el estoico Séneca quien advirtió por escrito que quien no sabe a qué puerto se dirige nunca tendrá el viento a favor. El navegante pondrá rumbo a un punto de la cartografía marina, pero debería saber que la línea recta es imposible y que a lo largo de la travesía tendrá que rectificar a menudo la deriva porque le obligarán a ello los elementos: el viento, las mareas, las tormentas. La falta de pericia en el puesto de mando de la navegación conducirá a la tripulación y al pasaje a destinos imprevistos y, quizás, peligrosamente desconocidos. Y en eso estamos.

En nuestro mapamundi hay cuatro puertos enmarcados en círculos con tinta roja: el puerto del dinero, el puerto del territorio, el puerto del poder económico y el puerto del poder político. Unos atraen a quien —ya lo versificó Quevedo hace medio milenio— «madre, yo al oro me humillo, él es mi amante y mi amado»; otros, a quienes aspiran a recuperar la gloria perdida o ampliar las habitaciones de la casa ocupando el patio del vecino; aquellos, a regar el orbe con sus productos para dar de comer, en principio, a su inmensa familia; y los más, a conquistar el poder para manejar al gusto los presupuestos y las sinecuras que comportan. Todos tienen apellidos: Trump, Putin, Netanyahu, Jinping, gobiernos y oposiciones. Y a ninguno, salvo excepciones, parece importarle de verdad la seguridad de sus pasajeros salvo en los discursos, que cada día recuerdan el despotismo ilustrado del siglo XVIII: todo para el pueblo pero sin el pueblo.

El damnificado será el Estado del Bienestar y los millones de ciudadanos que disfrutan sus servicios sociales o combaten el hambre y el frío a su amparo

El mundo tiene una deuda consigo mismo del ciento por ciento del PIB; en otras palabras, que ya ha gastado todo lo que produce en un año. Vivimos con 12 meses de prestado y el proceso parece no tener freno porque las necesidades bélicas y prebélicas —si vis pacem para bellum— generadas por unos cuantos iluminados y aceptadas por dirigentes con fortalezas menores necesitarán recursos crecientes. La economía no es chicle y lo que se tira de una parte —deuda, déficit— se adelgaza de otra. El damnificado será el Estado del Bienestar y los millones de ciudadanos que disfrutan sus servicios sociales o combaten el hambre y el frío a su amparo. La presión fiscal o, en otros términos, el trozo de vida que los contribuyentes dedican, al menos en Europa y en España, a cubrir las necesidades públicas ya supone una tercera parte de su vida. ¿Se puede pedir más esfuerzo de contribución a la ciudadanía? No parece razonable en tiempos de paz. ¿Vivimos en tiempos de paz? Si nos guiamos por las noticias que se publican en los medios de comunicación serios y rigurosos la respuesta es…

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