Está muy feo hablar de uno mismo, pero tras un parón de varias semanas en el que cambié la aldea global por una de la costa granadina (mi pueblo), mi mundo informativo se redujo a la mínima expresión. Sin embargo, una de esas noches de agosto en las que en mi pueblo lo más noticiable había sido el avistamiento de una narcolancha, recibí unas fotos de mi heredero posando junto a un carraco y mi cerebro pasó del modo vacaciones al modo WTF (What The Fuck!!!, «¡qué coño!», para los más carpetovetónicos). ¿Mi chaval haciéndose fotos con un coche? Pues sí, y no uno cualquiera: un Aston Martin DB12.
Me sorprendió gratamente. Aunque a mi heredero le encantan los Porsche (todos), más allá de la marca de Zuffenhausen no tiene mucho conocimiento del mundo del automóvil, pues en su cerebro ahora mismo solo hay sitio para el fútbol. Pero, al parecer, el Aston Martin DB12, en negro carbono y con un diseño elegante, deportivo e imponente, le hizo tilín. Entonces le pregunté qué es lo que más le gustó del DB12: «Todo. Me encanta. Además, es un Aston Martin…», contestó dando a entender que el concepto Aston Martin habla por sí solo.
No solo me alegró porque me devolvió la fe en las nuevas generaciones y su relación con los automóviles, sino que fue como detectar la luz de un faro en una noche de furia marítima: ¡hay esperanza!
Hay esperanza porque ese efecto guau, por mucho que lo intenten las marcas chinas —aunque van por buen camino—, aún es casi un monopolio de los modelos del Viejo Continente. Si a esas emociones que aún generan ciertos iconos europeos se les une que ese trozo de hierro es el resultado de sumar décadas de pasión y dedicación aportadas por personas de nuestro entorno, la fórmula se refuerza.
Ahora bien, no basta con pasión, emoción, legado y un diseño que haga palpitar el corazón
Ahora bien, no basta con pasión, emoción, legado y un diseño que haga palpitar el corazón: hay que interiorizar que las nuevas generaciones —aquí y allá— esperan lo último en tecnología, que todo sea tan fácil de usar como en su móvil y, sobre todo, que sea asequible. Menudo reto, ¿verdad?
Recientemente, leí un interesante artículo del profesor Rafael Pampillón en el que resumía la diferencia entre Europa y China en cuanto al automóvil, como el que disfruta de una herencia y el que quiere construir su fortuna. Es hora de dejar de vivir de las rentas y construir el futuro. ¡Manos a la obra!

