Creo que hay un error de dimensión en la crisis de Volkswagen. Se ha circunscrito a un problema alemán. Va más allá. Pienso que las tribulaciones del consorcio germano rebasan las lindes nacionales, incluso las de la economía que en la actualidad marcan con sobrado poder las tendencias geopolíticas.
Entiendo que la rotundidad numérica de la crisis de Volkswagen: cien mil despidos y cierre de cuatro fábricas en suelo patrio, es el torpedo en la línea de flotación de una cultura, de una civilización, la occidental, cuyo faro innegable en la historia ha sido la vieja Europa. Y poco a poco va sabiéndose más. Al respecto, un más que considerable adelgazamiento productivo y una revisión profunda de la oferta de producto hacia segmentos con futuro que, dicho solo con esa parquedad, abre interrogantes para augurios de escasa o nula complicidad con el optimismo.
El grupo alemán ha sido el ariete de la industria europea, como Alemania ha sido el referente mundial de un continente en el tablero de las referencias socioeconómicas del mundo y las transformaciones que trajo consigo la globalización. Es la parte que nutre el todo. La construcción de este silogismo categórico lleva inevitablemente a la conclusión de que las vicisitudes de Wolfsburg trasciendan a geografías para ubicarse en filosofías.
En el subconsciente de todos los europeos, la primera referencia automovilística de Europa se asocia a la marca alemana del grupo y, cayendo de ella, sus participadas Audi, Skoda y Seat, hoy en crisis de identidad con el nombre Cupra, sacado de la chistera del ilusionismo mercadotécnico. General Motors, como precedente de lo expuesto fue un icono estadounidense con tanto mensaje como el del dedo inquisidor del Tío Sam.
Volkswagen es de esos nombres que inevitablemente va encaminado a la épica. Desde esa perspectiva y, con lo que se acaba de conocer y se va sabiendo en sucesivos añadidos, la crisis de esta marca se posiciona, aparte de cuentas de resultados en rojo, en un fin de ciclo de modo de vida. Obligada pregunta: y después de este batacazo, ¿qué nos queda del ensueño de superioridad occidental made in Europe?
Es caer en la reiteración, pero se impone hacerlo, que el Occidente marcado por Europa se vino abajo en la segunda mitad del siglo XX. Nos desarmamos de una industria siderúrgica, naval, de línea blanca o electrodomésticos, que reafirmaba el liderazgo social, económico y moral de nuestra zona de confort. Guardamos como joya de la abuela el automóvil, por ser, de esas industrias, de largo, la más creativa. Pero la dejamos desamparada, huérfana, ante un oriente cartográfico feliz de hacerse con la porción más importante y reconocible de nuestro patrimonio.
Europa solo ha puesto los cimientos de los mercados, olvidándose que difícilmente puede fabricarse unión geográfica y moral sin el paso acompasado de las inquietudes ciudadana
Y no fue suficiente. Se dieron insensatos pasos a las economías fáciles de ganancias tempranas amasadas en las escuelas de negocios, sin más solidez que la especulación. Europa transformó su emporio industrial en un parque de atracciones con barra libre a los sectores financieros y de servicios, cuya secuela de beneficios culmina en unos pocos bolsillos y no en amplias capas sociales. Sobran las explicaciones de todo lo que se mueve en un importante entorno fabril del sector industrial en general y del automóvil en particular. Es riqueza contante y sonante a repartir.
La Europa, supuestamente unida, que nació tras los pasos sucesivos de la Comunidad Económica del Carbón y del Acero (CECA), del Mercado Común, de la Comunidad Económica Europea (CEE) y de la vigente Unión Europea (EU), solo ha puesto los cimientos de los mercados, olvidándose que difícilmente puede fabricarse unión geográfica y moral sin el paso acompasado de las inquietudes ciudadanas. Europa no se ha construido a la velocidad sincronizada de los réditos y las personas. La crisis de Volkswagen es lo más crudo del espejo mágico de la madrastra de Blancanieves: constatar que ya no somos los más guapos.
No, Volkswagen, no es un problema alemán. Es un pecado de soberbia de todo Occidente. Volkswagen requerirá, para el perdón, de los cinco trámites previos al sacramento de la penitencia: examen de conciencia, dolor de contrición, decir las faltas al confesor, sincero arrepentimiento y cumplir la penitencia.
Volkswagen es el retrato literario de una novela de saga, al estilo de Los Buddenbrook, de Thomas Mann (premio Nobel alemán), el relato del auge y decadencia de una familia poderosa, que cierra ciclo en la casa de empeños vendiendo hasta el alma.















































