Agosto es un fantástico escenario de automóviles y automovilistas en la salsa de un tiempo de rupturas. Sigue un mismo patrón en los comienzos y finales del mes. Decenas de millones de desplazamientos por las carreteras. Tanta concurrencia da de sobra para toparse con una fauna humana y automovilística que ofrece lo mejor y lo peor del indudable protagonismo del coche en esta hoja del calendario con sus treinta y una cuadrículas.
Los que se dicen expertos repiten la cansina letanía de los millones de desplazamientos y de los consejos a seguir para viajar en un mes concebido para el tiempo de hacer lo que da la gana. Obviedades necesarias que se atienden a ojo ciego y oído taponado.
Luego, septiembre, y con él, nuestro síndrome de hámster dando vueltas sin parar a la rueda de la rutina. Y en ese girar, escuece, y cómo, la siniestralidad vial en carreteras sobreocupadas con firmes y señalizaciones cada vez más deteriorados y saturados de circulación eufórica en el comienzo y melancólica en los retornos.
Mi teatro de operaciones ha vuelto a ser la ciudad de rango administrativo, pero con vocación de pueblo, que es lo que me resulta atrayente. Es un ejemplo de los muchos que han prosperado en este país. Localidades de unos pocos miles de habitantes que, en verano, triplican o cuadruplican sus poblaciones sin posibilidad física de estirarse. Basta con que se puedan ofrecer dos o tres monumentos de interés artístico, junto a unas especialidades gastronómicas genuinas, para que el efecto llamada del ya instalado turismo de horda o plaga, venga a hacer aquí su agosto.
Un agosto que no revierte en los ciudadanos. Bien al contrario. Este pueblo/ciudad, mi pueblo, es un ejemplo descarnado de la España vaciada en la zona noroeste. Una acometida diaria en el mes de marras de millares de ciudadanos, que dejan la riqueza visible en los establecimientos de hostelería atestados de comensales en los interiores y terrazas de los puntos estratégicos del lugar. Fuera de ese denominador común, la periferia es una continua sucesión de comercios, antaño prósperos, hoy cerrados, o bien, el desfile macabro de viviendas desocupadas con los carteles de Se Alquila o Se vende, descoloridos por el paso de un tiempo que ya ha perdido su capacidad de cálculo.
Es el negocio del ahora mismo y mañana Dios dirá. Apuesto que el Todopoderoso dirá que verdes las han segado
Esta ciudad, que para la ocasión prefiero no nombrar, aunque en la columna arriera ha sido citada en repetidas ocasiones, no dispone ni de lejos de una infraestructura de mínimas atenciones cualitativas al cliente, que consoliden en el tiempo su punto de destino turístico de calidad, junto al de ciudadanía en las mismas dimensiones. Es el negocio del ahora mismo y mañana Dios dirá. Apuesto que el Todopoderoso dirá que verdes las han segado. Que si no se ha provisto en las vacas gordas, será imposible que las flacas, que llegarán, puedan cebarse.
Y claro, con el aluvión de gentes, la pequeña ciudad o el gran pueblo cabecera de comarca, tiene que hacer frente a una multiplicación del tráfico urbano en el mismo exponente que en el de gentes. Y no hay sitio para aparcar. Ni se habilita. Al contrario, el existente se reserva en proporciones progresivas para tipos de eventos como mercados, procesiones o desfiles ciudadanos. Resultado: un ciudadano llamado y desatendido en cuanto pone pie o rueda en la ratonera. Que busca desesperadamente el espacio incluso en los lugares prohibidos. Tres llamadas a la grúa he efectuado en agosto por ocupación del vado permanente de mi cochera.
Esta es la apuesta turística de España: una perfecta planificación del pan para hoy y hambre para mañana, de la percepción de engaño al turista que, seguro, no repetirá. A la comida masificada de rancho castrense, bien visible, siguen tiempos de espera para el condumio medidos en horas, atención displicente del personal de servicio que no puede atender ni en número ni en fuerzas físicas una clientela que supera las proporciones de un servicio, siquiera, normal. Y facturas de restaurantes de cinco tenedores. El turismo es hoy el 15% de nuestro PIB. Unos pocos años con este modelo lo reducirá a la mitad. ¿Apuestan?
Y, en esa marabunta, el soplo de frescura de un roadster descapotado con su pareja ocupante ataviada al modo de la elegancia británica, y una sola maleta sobre la baca provisional encima del ínfimo maletero. Circulaban despacio. Paladeando otra forma de viajar.

